Melissa DeMouxes miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mujer “mormona”) y reside en West Vally City, Utah.

Muchas personas en el mundo cuestionan la existencia de un Dios, debido a sus experiencias con terribles hechos y eventos los cuales no pueden entender que un creador amoroso permita que sucedan. Tal maldad, sin embargo, es parte necesaria de nuestra mortalidad, y con un poco de estudio podemos llegar a comprenderlo mejor. Aunque echar un vistazo a la Biblia es útil, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (a veces erróneamente llamada la Iglesia Mormona) tiene otros libros de escrituras, el Libro de Mormón, el cual contiene revelaciones que hacen el propósito de la existencia de la maldad aún más clara.

Porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo… no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal. De modo que todas las cosas necesariamente serían un solo conjunto; por tanto, si fuese un solo cuerpo, habría de permanecer como muerto, no teniendo ni vida ni muerte, ni corrupción ni incorrupción, ni felicidad ni miseria, ni sensibilidad ni insensibilidad (2 Nefi 2:11).

Sin oscuridad, no hay luz. Sin arriba, no hay abajo. Estas cosas son subjetivas a las comparaciones y deben tener oposición para ser entendidas. Para que el bien, santidad, rectitud, felicidad y gozo existan, deben existir sus opuestos. Hasta que hayamos probado algo amargo, no podemos hacer comparaciones con el fin de saber o comprender algo dulce.

Esta oposición también nos brinda la oportunidad de crecer y aprender. Crea una lucha física, mental y espiritual que forma el carácter de la misma manera en que la presión forma diamantes, el ejercicio forma la resistencia y el estudio forma la inteligencia.

Si eres echado en el foso o en manos de homicidas, y eres condenado a muerte; si eres arrojado al abismo; si las bravas olas conspiran contra ti; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para obstruir la vía; y sobre todo, si las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien (Doctrina y Convenios 122:7).

joseph-smith-liberty-jail-mormon¿Cómo podría algo malo ser para nuestro bien? Estoy segura que todos podemos pensar en terribles ejemplos de maldad que simplemente no concuerdan con esta escritura. El abuso infantil. Personas asesinadas por conductores ebrios. Víctimas de desnutrición naciendo en países del tercer mundo. Aquellos muertos en desastres naturales o actos de terrorismo. Víctimas de rapto, tráfico de personas, violaciones y asesinatos. ¿Cómo puede cualquiera de estas experiencias ser para bien? En algunos casos, puede edificar fortaleza de carácter y producir oportunidades para las víctimas de mostrar un amor y compasión a semejanza de Cristo por medio del perdón. Ver el sufrimiento de los demás también nos brinda la oportunidad de ejercitar la caridad, pero esto parece de poco consuelo para tan inmenso sufrimiento.

Nuestro tiempo en esta tierra, sin embargo, es un tiempo para que ejercitemos nuestro albedrío, con el que Dios nunca interferirá. Hacerlo usurparía Sus propósitos para nuestra mortalidad. Mucha de la maldad y sufrimiento en el mundo es el resultado de las decisiones del hombre utilizando su albedrío. Con nuestras decisiones vienen inevitables e irreversibles consecuencias, así como la responsabilidad de estas consecuencias.

Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues él busca que todos los hombres sean miserables como él (2 Nefi 2:27).

Las consecuencias de elegir el mal tienen un efecto ondulante de largo alcance. Sufre gente inocente, mientras que el único responsable parece a veces apenas sufrir. Pero llegará un tiempo de responsabilidad en el que todas las cosas se harán correctamente. Un maravilloso ejemplo y explicación de esto se pueden encontrar en el Libro de Mormón, cuando los misioneros Alma y Amulek fueron mantenidos cautivos mientras aquellos a los que habían convertido a creer en Cristo fueron quemados en una hoguera. Amulek le preguntó a Alma por qué él no estiró la mano y por medio del poder de Dios, salvó a esas mujeres y niños inocentes de tan horrenda muerte.

Mas le dijo Alma: El Espíritu me impide extender la mano; pues he aquí, el Señor los recibe para sí mismo en gloria; y él permite que el pueblo les haga esto, según la dureza de sus corazones, para que los juicios que en su ira envíe sobre ellos sean justos; y la sangre del inocente será un testimonio en su contra, sí, y clamará fuertemente contra ellos en el postrer día (Alma 14:11).

Si Dios detuviera todos los actos de maldad en el mundo, ¿cómo podría ser justo el juicio final? ¿Sería justo o recto castigar a alguien por un acto que puede o que hubiera cometido? Nuestras propias leyes muestran la inutilidad de tal concepto. Aunque es algo terrible y desgarrador no hacer nada y permitir que alguien cometa un acto de maldad con el fin de asegurarnos que el castigo sea justo, ninguna corte de la ley precisa y justa castiga a alguien por algo que nunca cometió. Sabemos, sin embargo, que aunque el Señor no detiene toda la maldad, sí se lamenta por la iniquidad que ve.

Aconteció que el Dios del cielo miró al resto del pueblo, y lloró, y Enoc dio testimonio de ello, diciendo: ¿Por qué lloran los cielos, y derraman sus lágrimas como la lluvia sobre las montañas? Y dijo Enoc al Señor: ¿Cómo es posible que tú llores, si eres santo, y de eternidad en eternidad?…

El Señor dijo a Enoc: He allí a éstos, tus hermanos; son la obra de mis propias manos, y les di su conocimiento el día en que los creé; y en el Jardín de Edén le di al hombre su albedrío; y a tus hermanos he dicho, y también he dado mandamiento, que se amen el uno al otro, y que me prefieran a mí, su Padre, mas he aquí, no tienen afecto y aborrecen su propia sangre;…

Mas he aquí, sus pecados caerán sobre la cabeza de sus padres. Satanás será su padre, y miseria su destino; y todos los cielos llorarán sobre ellos, sí, toda la obra de mis manos; por tanto, ¿no han de llorar los cielos, viendo que éstos han de sufrir? (Moisés 7:28-29,32-33, 37).

Entonces, finalmente podemos ver dos razones del por qué Dios no siempre detiene la maldad. La primera es para que podamos experimentar la oposición, para que podamos aprender, crecer y ser fortalecidos. La existencia del mal también hace posible que exista el bien, por lo que se hace posible para nosotros elegir. La segunda es para que el juicio de nuestras decisiones sea verdaderamente justo. Las consecuencias de nuestros actos son permitidas, aun cuando son terribles, de modo que podemos ser responsables y rendir cuentas.

Como un padre amoroso que sabe que los hijos aprenden mejor de sus errores, Dios nos permite enfrentar y sufrir las consecuencias de nuestros actos para que aprendamos y crezcamos en sabiduría. Y al igual que un juez justo, Dios no dará castigos por los actos que no han sido cometidos. Saber esto nos ayuda a comprender el carácter y la naturaleza de Dios, y aunque el mundo está lleno de tristeza y sufrimiento, yo sé que Él nos ama y espera que mis actos le provoquen lágrimas de alegría en lugar que de tristeza.

Recursos Adicionales:

Punto de vista mormón de Jesucristo.

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