Todo el mundo en la vida pasa por experiencias dolorosas. Creo que a menudo las experiencias más dolorosas ocurren en nuestras relaciones con los demás en la vida.

Sólo he pasado por una experiencia así y tuve que aprender acerca de sanarse a la manera de Jesús. Cuando yo estaba pasando por esta experiencia y tratando de recuperarme de ella, sentí que me habían perjudicado. Debido al evangelio que había llegado a conocer en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (a menudo inadvertidamente llamada la “Iglesia Mormona”), yo sabía que mi Padre Celestial me amaba y me entendía, y que Jesucristo había sufrido por ello y que sentía mi dolor específico.

Cómo sana Jesus  01Yo sabía que iba a tener que someterme a un proceso de sanación que me era ofrecida por mi Salvador, Jesucristo. En mi mente, yo sentía que quería justicia. Sentía que eso era válido y que debido a que sentía que me habían hecho daño, el dolor sería inmediatamente barrido y la injusticia enderezada de una forma que sentía que era apropiado. Debido a esta actitud equivocada, pasé mucho tiempo batiendo las aguas de esta situación en vez de nadar hacia adelante en dirección al progreso.

Por medio de esta experiencia tuve que aprender algunas lecciones duras. Me enteré de que tenía que ser sanada a la manera de Jesús, no a mi manera, y que así la sanación sería en realidad completa. Una habilidad en la que tenía que trabajar era el controlar mis pensamientos para estar por encima del dolor, para no permanecer en el dolor y el maltrato, y elegir pensar en cosas felices. Puede que suene tonto, pero esta fue la parte más difícil para mí. Me di cuenta de que mi sanación sólo iba a venir a través de ser humilde, reconocer mis propias faltas y confiar en Jesús. El no poder aferrarme a esos sentimientos ofendidos era una verdad difícil de aceptar. Por alguna razón (y todavía lucho con esto), no quería ni sentía que tenía que renunciar a esos sentimientos válidos de injusticia. Con incredulidad, una de las partes más difíciles de mi aprendizaje de cómo ser sanada era abrir mi corazón y dejar salir todos sentimientos dolidos, enfadados. Esto suena extraño ya que parece que abandonar esos sentimientos es fácil, porque eso es lo que provoca el dolor, sin embargo, no lo fue para mí. Creo que esto podría ser debido a que yo tenía miedo de dejar ir el control. Creo que tenía miedo de dejar de lado el exterior endurecido porque yo tenía miedo de hacerme daño otra vez. Y dolería de nuevo, así es la vida. Pero lo importante es saber cómo sana Jesús.

James E. Faust , ex miembro de la Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo, habló sobre la sanación que se puede encontrar en Jesucristo. Él dijo:

Humildemente me acerco a este púlpito hoy día. para hablar acerca de un remedio seguro contra la congoja, la desilusión, el tormento, la angustia y la desesperación. El salmista declaró: “El sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas” (Salmos 147:3). La sanidad es un milagro divino; las heridas son la suerte común de toda la humanidad. Shakespeare ha dicho: “Se burla de las llagas el que nunca recibió una herida” (Romeo y Julieta Acto segundo, Escena II). Parece que nadie se escapa de los problemas, los desafíos y las desilusiones de este mundo.

El séptimo Artículo de Fe declara que, entre otros dones espirituales, creemos en el don de sanidades. Para mí, este don incluye la sanidad tanto del cuerpo como del espíritu. El Espíritu le infunde paz al alma. Este solaz espiritual se logra invocando los dones espirituales, los cuales se obtienen y se manifiestan de muchas maneras. En la Iglesia hoy día estos abundan plena y ricamente; nacen del uso apropiado y humilde del testimonio; se manifiestan también al bendecir a los enfermos después de la unción con aceite consagrado. Cristo es el gran Médico que se levantó de entre los muertos “con salvación en sus alas” (2 Nefi 25:13), mientras que es por medio del Consolador que sanamos.

En mi vida personal, he aprendido a través de los desafíos de salud, así como de otros problemas emocional y espiritualmente dolorosos, que la clave para la sanación es a través de aprender a vivir en abundancia en Cristo.

La única manera de superar el dolor es dejar que El Salvador, Jesús de Nazaret, entre en nuestros corazones. Y sólo podemos hacer esto por medio de seguirlo. En esencia, estoy aprendiendo en mi propia vida, que tenemos que adoptar un nuevo estilo de vida, la de un seguidor de Jesucristo. Tenemos que tratar de ser como Él para ser sanados por Él.

Algunas cosas prácticas que aprendí en mi vida pueden parecer básicas, pero han hecho toda la diferencia. He encontrado que la sanación no puede ocurrir a menos que esté viendo hacia fuera de mí misma y ayudando a los demás. Debo estar orando sin cesar, constantemente, a mi Padre Celestial.

Otra lección difícil de aprender es el esfuerzo. La sanación a través de Jesucristo requiere de un gran esfuerzo para abandonar lo que hoy conocemos y arriesgarlo todo para saber lo que Jesús sabe. Se necesita un gran esfuerzo y fe para abandonar la defensa propia y el orgullo.

Yo sé más que nadie, que esto no es un proceso de una noche. Yo sé personalmente, cuán largo es el camino y yo a menudo fallo. Pero lo bueno que he encontrado es, que el Salvador no espera hasta que hayamos  perfeccionado el proceso de sanar. No, Él comienza a sanar desde el momento en que damos el primer paso. Y Él nunca nos dejará.

El ex presidente de La Iglesia de Jesucristo, Gordon B. Hinckley, dijo sobre el poder sanador de Cristo :

He reflexionado mucho sobre el poder de Cristo para sanar y bendecir. Fue él quien dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). En un mundo de enfermedad y dolor, tensión y celos y codicia, debe haber mucha sanación si ha de haber vida en abundancia.

El profeta Malaquías declaró: “Mas para vosotros, los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia y en sus alas traerá sanidad” (Mal. 4:02).

La profecía de Malaquías se cumplió. Jesús vino a la tierra, el Hijo de Dios, con poder sobre la vida y la muerte. Él sanó a los enfermos, abrió los ojos de los ciegos, hizo andar a los inválidos, y levantó a los muertos. Era el hombre de los milagros que “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38).

Este artículo fue escrito por:

Livi

 

 

Livi W.

 

Livi Whitaker es miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Una mujer “mormona” en Idaho. Ha trabajado en diversos puestos con base en Comunicaciones en Nueva York, Italia y Idaho desde su primer día en las Naciones Unidas el 02 de enero de 2007. Livi ahora dedica toda su atención a escribir de manera independiente. Escritora ávida desde la infancia, Livi ha escrito un diario, desde que tiene uso de razón; sin embargo, algunos de los escritos más satisfactorios que ha hecho son para la Fundación para lo Mejor, compartiendo sus creencias en línea.