Por el presidente Ezra Taft Benson

ezra-taft-benson-mormonEn este discurso, el Presidente de la Iglesia (a veces llamado el profeta mormón) Ezra Taft Benson da testimonio de Cristo como nuestro Redentor y de Su Evangelio como la cura para los males de la sociedad.  Él enfatiza que Jesucristo está en el centro de la Iglesia Mormona  y de las Creencias Mormonas.

Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, necesitamos tener una confianza total en el Señor Jesucristo, a quien aceptamos como el Hijo de Dios. Mientras el mundo no lo acepte como Salvador de la humanidad, viva sus enseñanzas y lo considere el camino, la verdad y la vida, continuará temiéndole al futuro y dudando de la habilidad que tenemos de sobrellevar las dificultades de la vida mortal.

El principio fundamental de nuestra religión es la fe en el Señor Jesucristo.  ¿Por qué es prudente que centremos nuestra confianza y esperanza en un solo personaje?  ¿Por qué la fe en Él es tan necesaria para obtener paz interior en esta vida y tener esperanza en el mundo venidero?

La forma en que demos respuesta a estas preguntas determina si enfrentaremos el futuro, llenos de valor, esperanza y optimismo o, por lo contrario, si lo encararemos con temor, ansiedad y pesimismo.

Mi mensaje y testimonio es que Jesucristo es el único que está capacitado para otorgarnos la esperanza, la confianza y la fortaleza necesarias para vencer al mundo y despojarnos de nuestras debilidades humanas.  Para lograr esto último, debemos depositar en Él nuestra confianza y vivir de acuerdo con sus mandamientos y enseñanzas.

¿Por qué necesitamos tener fe en Jesucristo?

Jesucristo fue y sigue siendo el Señor Dios Omnipotente (Véase Mosíah 3:5.).  Fue elegido antes de nacer.  Fue el Creador Todopoderoso de los cielos y de la tierra y es la fuente de vida y luz para todas sus creaciones.

Su palabra es la ley por medio de la cual se gobierna todo en el universo.  Todas las cosas que creó están bajo su infinito poder.  Jesucristo es el Hijo de Dios.

Vino a la tierra en una época predeterminada y a través de un linaje real que preservó su origen divino.  Llevaba combinadas la naturaleza humana de su madre mortal y los poderes y atributos divinos de su Padre Eterno.

Tan singular legado le hizo merecedor del honroso título: El Unigénito del Padre en la carne.  Como Hijo de Dios, recibió más poder e inteligencia que cualquier otro humano nacido antes o después que Él.  Fue propiamente llamado Emmanuel, que quiere decir “Dios está con nosotros”. (Véase Mateo 1:23.)

A pesar de que era el Hijo de Dios que fue enviado a la tierra, el plan divino del Padre requería que Jesucristo pasara por todas las dificultades y pruebas propias de la vida mortal.  Por lo tanto, sufrió “tentaciones… hambre, sed y fatiga” (Mosíah 3:7).

Para poder llegar a ser el Redentor de todos los hijos de nuestro Padre Celestial, Jesucristo tenía que obedecer todos los mandamientos de Dios.  Debido a que se dispuso a hacer la voluntad de su Padre, progresó de “…gracia en gracia hasta que recibió la plenitud” del poder del Padre, “y recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra” (D. y C. 93:13, 17).

Una vez que comprendamos esta verdad acerca de a quien adoramos como el Hijo de Dios, entenderemos con más claridad que Él tenía el poder para sanar a los enfermos, curar toda clase de dolencias, resucitar a los muertos y dominar las fuerzas de la naturaleza.  Aun los demonios, que Él echó fuera, se encontraban bajo su dominio y reconocía; Su origen divino.

Como el gran Legislador que es, formuló leyes y mandamientos para el beneficio de todos los hijos de nuestro Padre Celestial.  En realidad, en Él se cumplió la ley y todos los convenios previos que Dios había hecho con la casa de Israel. El dijo:

“He aquí, yo soy a ley y la luz.  Mirad hacia mí, y perseverad hasta el fin, y viviréis; porque al que persevere hasta el fin, le daré la vida eterna” (3 Nefi 15:9.),

Sus leyes requieren que todos los hombres, no importa quiénes sean, se arrepientan y se bauticen en su nombre y reciban el Espíritu santo, que es el poder santificador que puede absolverles de sus pecados.  El cumplir con estas leyes y ordenanzas le permitirá a cada persona presentarse sin culpa ante Él en el día del juicio.  Los que cumplen se asemejan a los que construyen su casa sobre cimientos firmes y “las puertas del infierno no prevalecerán en contra de ellos” (3 Nefi 11:39).

Con toda propiedad lo alabamos porque es nuestra Roca de Salvación. (Véase 2 Nefi 4:30.)

Para que sintamos la gratitud que Él se merece por lo que hizo por nosotros, debemos recordar estas importantes verdades:

Jesucristo vino a la tierra para hacer la voluntad del Padre.

Vino a la tierra sabiendo que Él tomaría sobre sí los pecados de todos nosotros.

Sabía que iba a ser crucificado.

Nació para ser el Salvador y Redentor de la humanidad.

Fue capaz de cumplir con su misión porque era el Hijo de Dios y poseía el poder divino.

Estuvo dispuesto a cumplir con su misión porque nos ama.

Ningún otro ser mortal tenía la capacidad de redimir a los demás seres humanos y sacarlos de su condición de seres degradados y perdidos, ni nadie más podía haber entregado su vida voluntariamente y, de esa manera, lograr la resurrección universal de los demás mortales.

Solamente Jesucristo fue capaz de llevar a cabo ese acto de amor redentor.

Tal vez nunca lleguemos a entender en nuestra vida mortal cómo logró hacerlo; pero sí tenemos el deber de comprender por qué lo hizo.

Todo lo que Él hizo fue motivado por el infinito y generoso amor que siente por nosotros. Oigamos sus propias palabras:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten,…padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:16, 18.)

Tal como fue característico durante toda su vida mortal, el Señor se avino a los deseos de nuestro Padre Celestial y bebió la amarga copa.

Sufrió la angustia de todos los hombres en Getsemaní para que ellos no tuvieran que soportarla si se arrepentían.

Se sometió a que sus enemigos lo insultaran y humillaran sin quejarse ni vengarse.

Y, finalmente, soportó los azotes y la vergüenza suprema de la cruz.  Sólo entonces se entregó voluntariamente a morir.  Con sus propias palabras:

“Nadie me la quita [la vida], sino que yo de mí mismo la pongo.  Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.  Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:18).

Él es la Resurrección y la Vida. (Véase Juan 11:25).

El poder que tenía Jesucristo de volver a vivir se debía a su condición de Hijo de Dios.  Y porque Él tenía la capacidad de vencer a la muerte, todo el género humano resucitará. “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19).

¡Con qué placer reverenciamos su nombre! Y también los sagrados títulos que describen sus logros.

Él es nuestro Gran Ejemplo.

Fue totalmente obediente a los deseos de nuestro Padre Celestial y nos mostró cómo podemos renunciar al mundo y mantener en perspectiva lo que tiene prioridad en nuestra vida.

Debido a su amor por nosotros, nos enseñó la manera de vencer nuestras debilidades y demostrar afecto, amor y caridad en nuestras relaciones humanas.

El es el Pan de la vida. (Véase Juan 6:35.)

Por medio del ayuno, la oración y el servicio al prójimo, demostró que “no sólo de pan vivirá el hombre” (Mateo 4:4), sino que debe nutrirse con la palabra de Dios.

Él “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15), y por lo tanto está capacitado para ayudar a los que son tentados (véase Hebreos 2:18).

Él es el Príncipe, de paz, el máximo Consolador. (Véase Isaías 9:6.)

Por consiguiente, tiene la capacidad de consolar el corazón angustiado y herido por la tristeza del pecado.  Él nos da una paz tan especial que no se compara con la que se puede obtener de una fuente mortal:

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.  No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Él es el Buen pastor. (Véase Juan 10:11.)

Posee todos los atributos de la naturaleza divina de Dios.  Es virtuoso, paciente, bondadoso, sufrido, cortés, dócil y caritativo.  Si somos débiles o nos falta alguna de estas cualidades, Él está dispuesto a fortalecernos y a compensar nuestra deficiencia.

Él es un Consejero admirable. (Véase Isaías 9:6.)

Realmente, no existe una condición humana que Él no pueda comprender, así sea el sufrimiento, la incapacidad, la deficiencia mental o física o el pecado, y su amor alcanza a todas las personas que se encuentran en ese estado.

Él nos ruega: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Él es nuestro Abogado, Mediador y Juez.

Debido a que es Dios, es perfectamente imparcial en cuanto a dispensar justicia y misericordia.  Puede simultáneamente defender nuestra causa y juzgar nuestro destino.

Tener fe en Él es más que reconocer que vive; es más que profesar una creencia.

Tener fe en Jesucristo consiste en confiar por completo en Él.  Por ser Dios, tiene infinito poder, inteligencia y amor.  No existe un problema humano que no tenga la capacidad de resolver.  Puesto que Él se sometió a todas las cosas (véase D. y C. 122:8), sabe cómo ayudarnos a dominar todas nuestras dificultades diarias.

Tener fe en Él quiere decir creer que no comprendemos todas las cosas, pero que Él sí las comprende.  Nosotros, por lo tanto, debemos elevar hacia Él todo pensamiento; no dudar y no temer (véase D. y C. 6:36).

Tener fe en Él quiere decir confiar en que Él tiene potestad sobre todos los hombres y todas las naciones.  No existe ningún mal que Él no pueda contrarrestar.  Todas las cosas están en sus manos.  Y esta tierra es un dominio que le pertenece. Él permite que exista la maldad para que podamos elegir entre el bien y el mal.

Su evangelio contiene la perfecta solución para todos los problemas humanos y sociales.

Pero su evangelio sólo surte efecto si lo aplicamos a nuestra vida; por lo tanto, “deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Por lo tanto, si no ponemos en práctica sus enseñanzas, no demostraremos tener fe en Él.

¡Cuán diferente sería el mundo si toda la humanidad hiciera lo que Él dice!: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente…”Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37,39).

¿Qué es entonces lo que se debe hacer en cuanto a los problemas y dilemas que acosan a la gente, a las comunidades y a las naciones?  He aquí una sencilla sugerencia:

“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender.

“Y además, creed que debéis arrepentiros de vuestros pecados, y abandonarlos, y humillaros ante Dios, y pedid con sinceridad de corazón que el os perdone; y ahora, si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis” (Mosíah 4:9-10; cursiva agregada).

“Los miembros de la Iglesia tienen la obligación de convertir en ideal suyo al Hijo del Hombre sin pecado, el único ser perfecto que jamás ha vivido sobre la tierra.

“El ejemplo más sublime de nobleza.

“Semejante a Dios en su naturaleza.

“Perfecto en su amor.

“Nuestro Redentor.

“Nuestro Salvador.

“El Hijo inmaculado de nuestro Padre Eterno.

“La luz, la vida, el camino” (David O. McKay, Guía de estudio personal del Sacerdocio de Melquisedec, 1979- 80, pág. 142.)

Yo lo amo con toda mi alma.

Con humildad testifico que Él es el mismo Señor compasivo y amoroso que era cuando caminaba por las polvorientas calles de Palestina.  Se mantiene cerca de sus siervos en esta tierra.  Él ama y se interesa por cada uno de nosotros.  De esto podéis estar seguros.

El vive hoy en día y es nuestro Señor, nuestro Maestro, nuestro Salvador, nuestro Redentor y nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga a todos para que creamos en Él, lo aceptemos, lo adoremos, confiemos plenamente en Él y sigamos su ejemplo, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.