Los autores del Nuevo Testamento, quienes brindan la información confiable más antigua sobre Jesús de Nazaret, señalaron que Jesús oraba con frecuencia durante su vida, especialmente en los momentos críticos de su ministerio (Lucas 5:16; 9:28).

Jesus-Door-Knock-MormonAdicionalmente, los Evangelios también proporcionan información acerca de lo que Jesús enseñaba sobre la oración. Por ejemplo, Jesús les dijo a los discípulos, “Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. (Lucas 11:9-10). Ésta es una promesa gloriosa, una que se aplica cada momento, cada hora, cada día. Es subestimada, y quizás algunos la desperdician y desaprovechan. La oración es el medio por el cual desarrollamos nuestra relación con Dios y el Salvador, y por el cual Él puede ofrecer la asistencia adicional que ama dar libremente. La oración es el conducto hacia el poder de Dios, Su perspectiva y Su paz. Es el antídoto del orgullo ya que habla de nuestra confianza en el Salvador y Su sacrificio cuando oramos en su nombre, y mediante sus méritos.

En una de sus muchas parábolas, identificada a menudo como la “Parábola de juez injusto”, Jesús enseñó, “la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (Lucas 18:1). En aquella parábola, una mujer pide justicia de su adversario. Ella no se cansa de suplicar y con el tiempo el juez responde. Nos vemos motivados a continuar en oración, sabiendo que Dios sabe la razón de sus respuestas perfectamente oportunas. En algunos casos, cuando nuestros deseos están alineados con los de Dios, otros procesos que afectan nuestras vidas están en marcha y las respuestas vienen cuando es más beneficioso para nosotros y cuando ofrecen la mayor oportunidad de sanación espiritual para otros.

Jesús continuó esta parábola con otra, la “Parábola del fariseo y el publicano” (Lucas 18:9-14). En esta parábola memorable, Jesús pidió a los oyentes cuestionar sus motivos en la oración, indicando que la oración en sí misma no importa, más la condición de nuestro corazón es central para que las oraciones sean eficaces o no.

Durante su última visita a Jerusalén, Jesús identificó la institución judía central, el Templo, como “Mi casa” e indicó que ésta deberá “ser llamada casa de oración para todas las naciones” (Marcos 11:17). Marcos también señaló que Jesús enseñó, “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas” (Marcos 11:25). Además, agregó que los discípulos no deben “por fingir hacer largas oraciones” (Marcos 12:40).

Mateo proporciona una visión similar de la enseñanza de Jesús sobre la oración cuando registró, “Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres” (Mateo 6:5). Además, agregó “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles” (Mateo 6:7), brindando un matiz a las anteriores enseñanzas de la Parábola del juez injusto para que los hombres y mujeres oren con frecuencia y “no desmayen” (véase arriba).

Durante su última noche con los discípulos, Jesús les dijo, “Orad que no entréis en tentación” (Lucas 22:40). Enfatizó esto nuevamente sólo minutos después cuando los encontró durmiendo “y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación

Por ejemplo y por precepto, Jesús enseñó que la oración era importante y que Dios escucha y responde las oraciones. Adicionalmente, Jesús enseñó que una actitud propia y un motivo puro eran esenciales al momento de dirigirse a Dios si uno quería ser bendecido mediante la oración.