jesucristo-mormónJesús fue al templo durante la fiesta de los Tabernáculos. El templo estaba iluminado por cuatro candelabros muy grandes y su luz se podía ver desde una gran distancia. Aquí, Él rescató a la mujer de ser apedreada por adulterio y luego proclamó a aquellos que observaban el acontecimiento: “Yo soy la luz del mundo: aquel que me sigue no andará en oscuridad, sino que tendrá la luz de vida”.

La oscuridad, en un sentido spiritual, se refiere frecuentemente al pecado o a la confusión acerca de la verdad. Así como en la vida la oscuridad puede esconder maldad o distorsionar lo que es real, en el mundo espiritual, puede distorsionar la verdad o dificultar la visión o la comprensión de la verdad. Sin embargo, Dios creó tanto al día como a la noche, y Él no espera que nosotros vivamos en la oscuridad. Él desea que vivamos nuestras vidas en la luz, y esa luz viene del Salvador.

Jesucristo vino a la tierra a cumplir la profecía y a cumplir una promesa que nos hizo antes de que naciéramos; Él prometió venir y redimirnos de nuestros pecados. Antes de esto, Él enseñó el evangelio, ayudando a aquellos que escucharon a ver más allá de la Ley de Moisés hacia las nuevas y más altas leyes de amor.

Él enseñó a Sus seguidores que siguieran Su ejemplo y vivieran una ley que les acercaría a Dios. Aquellos que no hacían más que observarlo serían iluminados hasta el tipo de Ser que Dios Mismo era y el tipo de persona que cada uno de nosotros debe esforzarse por ser. En el incidente antes mencionado que implicaba a la mujer que iba a ser apedreada, Él respondió a las preguntas designadas a hacerlo caer respecto al destino de la mujer de acuerdo a la ley. En lugar de decirles a los hombres que la ley estaba equivocada, como ellos esperaban, Él simplemente dijo que la primera piedra debía ser arrojada por la persona en el grupo que no tuviera pecado. Por supuesto, sólo el Mismo Jesús sabía ese criterio, pero cuando los hombres se alejaron, Él también se rehusó a juzgarla. Él sólo le mandó que abandonara su pecado.

En Su breve ministerio, Él sanó al enfermo, trató con respeto a aquellos que eran tratados por el mundo como nada, se rehusó a rechazar a los niños cuando Él estaba cansado, y dio todo para dedicar Su vida a enseñar el evangelio. Cuando Su misión llegó a su final, Él tomó sobre Sí los pecados del mundo y luego voluntariamente se permitió a Sí Mismo ser asesinado. Él venció esa muerte y se levantó otra vez.
Hoy en día, aunque Él no está con nosotros en la tierra, nosotros podemos aún ser guiados por Su luz. Su luz es una luz de amor, y permanecer en su camino nos mantendrá a salvo. En el Libro de Mormón, hay una visión dada a un profeta que vio un camino que llevaba a un hermoso árbol. El árbol estaba lleno de fruta dulce y magnífica. Una nube de oscuridad sobrevino al camino, haciendo difícil para aquellos que estaban en el camino el saber cómo llegar al árbol. Sin embargo, a todo lo largo del camino había una barra de hierro. El árbol y su fruto, que representaban el amor de Dios, se podrían obtener sólo sujetándose a la barra de hiero, que representaba la palabra de Dios. Aquellos que desistían, aquellos que se alejaban para explorar caminos a los lados, perdieron la oportunidad de recibir las recompensas.

Una manera en la que podemos permanecer en el camino y proteger nuestro asidero a la barra de hierro es aprendiendo a reconocer y obedecer la Luz de Cristo, y cuando lo recibimos, el Don del Espíritu Santo. A través de la Luz de Cristo, la que está disponible para todos nosotros, podemos aprender a reconocer la verdad cuando se nos presenta. A menudo, mientras se imparte una gran verdad, algo muy dentro de nosotros se mueve, dejándonos con un cálido sentimiento de seguridad. Esta es la Luz de Cristo, que nos testifica de esta verdad. A través de esta verdad algunas de las grandes preguntas de las épocas se pueden responder: ¿Quién soy? ¿Por qué estoy en la Tierra? ¿A dónde iré cuando muera? Cuando cada religión enseña algo diferente, ¿cómo puedo saber cuál está enseñando lo que el Salvador enseñó?
Hay algunos que tratan de convencer a las personas que no deben preguntar a Dios estas grandes preguntas, que no deben volverse a Él para pedirle consejo. Sin embargo, Jesús Mismo oró, y Santiago, el que se cree era el medio hermano del Salvador, enseñó: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada”. (Santiago 1:5-6)

La razón que algunos dan para aconsejar a las personas en contra de orar para saber la verdad es a menudo que la persona que ora no sabrá quién está respondiendo la oración. Sin embargo, los mormones creen que Dios nunca hace una promesa que no pueda cumplir, y Él prometió, como leemos en Santiago 1:5, que Dios ha prometido darnos la sabiduría que pidamos. ¿Es posible que Dios pudiera contestar nuestras oraciones en una forma que no deje duda en cuanto a quién se está comunicando con nosotros? “porque ninguna cosa es imposible para Dios”. (Lucas 1:37). Los mormones creen en un Dios que puede hacer cualquier cosa que Él diga que hará. Ellos saben que a medida que ellos continúen orando y desarrollando su relación con Dios, Él los ayudará a reconocer cómo Él se comunica con ellos, y mejorando su capacidad para reconocer las respuestas a la oración.

A medida que los mormones ?y todos los que tienen fe en Dios y en Jesucristo? mejoran la calidad de sus oraciones y su capacidad para recibir respuestas, la luz en su interior crece, para que sin importan cuán oscuro esté el día o la situación de la vida, ellos estén rodeados de paz, gozo y verdad. Esta es la razón por la cual se llama a Jesús la luz del mundo: Su luz es la única fuente de gozo que Dios ha prometido que puede ser nuestra.