Birth-Jesus-Nativity-MormonLa historia hace constar que al iniciarse, o cuando estaba para empezar lo que ha llegado a conocerse como la era cristiana, nació en Belén de Judea el Varón Jesús, a quien se puso por sobrenombre el Cristo. Han sido atestiguados tan extensamente los datos principales relacionados con su nacimiento, vida y muerte, que han llegado a considerarse razonablemente incontrovertibles; son hechos históricos, y el mundo civilizado generalmente los acepta como esencialmente auténticos. Es verdad que, en cuanto a detalles circunstanciales, existen diversidades de inferencias basadas sobre discrepancias supuestas en los anales de lo pasado; pero estas diferencias son netamente de importancia menor, porque ninguna de ellas, de por sí, ni todas en conjunto, provocan la más leve duda racional en lo que concierne al carácter histórico de la existencia del Varón conocido en la literatura como Jesús de Nazaret.

Con respecto a quién fue, y lo que fue, existen disensiones muy graves que dividen las opiniones de los hombres; y esta divergencia de conceptos y creencias es más notable en esos asuntos considerados como de importancia mayor. Los testimonios solemnes de millones que han muerto, así como de millones que viven, unidamente lo proclaman divino, el Hijo del Dios viviente, el Redentor y Salvador de la raza humana, el Juez Eterno de las almas de los hombres, el Escogido y Ungido del Padre, en una palabra, el Cristo. Hay otros que niegan su divinidad, pero al mismo tiempo ensalzan las cualidades sobresalientes de su naturaleza humana inimitable y sin paralelo.

Para el estudiante de historia, este Hombre entre los hombres ocupa el primer, principal y único lugar como personalidad dirigente en el progreso del mundo. Nunca jamás ha producido el género humano un director de igual categoría. Considerado únicamente como personaje histórico, es singular. Juzgado por las normas de estimación humana, Jesús de Nazaret supera a todos los hombres por razón de la excelencia de su carácter personal, la sencillez, belleza y valor genuino de sus preceptos y la influencia de su ejemplo y doctrina en el progreso de la raza humana. A estas características distintivas de grandeza extraordinaria, el alma devota cristiana añade un atributo que sobrepuja en gran manera la suma de todos los demás, a saber, su origen divino y la realidad eterna de su dignidad como Señor y Dios.

Tanto el cristiano como el incrédulo reconocen su supremacía como Hombre, y respetan el significado trascendental de su nacimiento. Cristo nació en el meridiano de los tiempos; y su vida en la tierra señaló, a la misma vez, la culminación de lo pasado y la inauguración de una era señalada por la esperanza, esfuerzos y realizaciones humanos. Su advenimiento ocasionó un sistema nuevo en la manera de contar los años; y por consentimiento común, los siglos que antecedieron su nacimiento han sido contados hacia atrás desde ese memorable acontecimiento, y han sido designados correspondientemente. El nacimiento y caída de dinastías, el origen y disolución de naciones, todos los ciclos de la historia referentes a la guerra y la paz, la prosperidad y la adversidad, la salud y la pestilencia, épocas de abundancia y de hambre, las terribles consecuencias de los terremotos y tempestades, los triunfos de las invenciones y descubrimientos, las épocas en que la piedad del hombre se ha desarrollado y los largos períodos de su decadencia en la incredulidad – en una palabra, todos los acontecimientos que constituyen la historia, se hallan catalogado

Su vida terrenal está comprendida en un período de treinta y tres años; y de éstos pasó únicamente tres como Maestro reconocido, consagrado en forma directa a las actividades del ministerio público. Fue muerto cruelmente antes de llegar a lo que hoy consideramos la edad en que el hombre está en su pleno vigor. Cómo individuo, pocos fueron los que lo conocieron personalmente; y su fama como personaje mundial no se generalizó sino hasta después de su muerte.

Nos ha sido preservada una breve narración de algunas de sus palabras y obras; y esta relación, aunque fragmentaria e incompleta, es justamente considerada como el tesoro más grande del mundo. La historia más antigua y amplia de su existencia terrenal está comprendida dentro del conjunto de Escrituras conocidas como el Nuevo Testamento; de hecho, bien poco dicen de Él los cronistas seglares de su época. Mas no obstante las escasas y breves referencias que hacen a Él los escritores no religiosos del período inmediatamente posterior al de su ministerio, se puede hallar suficiente evidencia para corroborar la historia sagrada, en lo que respecta a la realidad y período de la existencia terrenal de Cristo.

Ni se ha escrito, ni puede escribirse una biografía adecuada de Jesús, como Niño y como Hombre, por la sencilla razón de que no hay abundancia de informes. Sin embargo, jamás ha habido un hombre de quien más se haya dicho y cantado, nadie a quien se haya dedicado una proporción mayor de la literatura del mundo. Cristianos, mahometanos y judíos, escépticos e incrédulos, los poetas, filósofos, estadistas, científicos e historiadores más eminentes del mundo – todos lo ensalzan. Aun el pecador maldiciente, con el vil sacrilegio de su blasfemia, expresa la supremacía divina de Aquel cuyo nombre toma en vano.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días afirma poseer la autoridad divina para emplear el sagrado nombre de Jesucristo como parte esencial de su título distintivo. En vista de esta importante afirmación, conviene preguntar o investigar qué mensaje particular o especial, referente al Redentor y Salvador de la raza humana, tiene la Iglesia para el mundo, y en qué se funda para justificar su afirmación solemne, o para defender su nombre y título exclusivos. Al proceder con nuestro estudio, hallaremos que entre las enseñanzas particulares de la Iglesia concernientes al Cristo se destacan las siguientes:

(1) La unidad y continuidad de su misión en todas las edades, en la cual por fuerza está comprendida la realidad de su preexistencia y preordinación. (2) El hecho de su Divinidad antes de su existencia terrenal. (3) La realidad de su nacimiento en la carne como hijo de un Padre divino y una madre terrenal. (4) La realidad de su muerte y resurrección física, de lo cual resultará que el poder de la muerte será destruido al fin. (5) El carácter literal de la expiación que El efectuó, incluso el requisito absoluto de la obediencia individual a las leyes y ordenanzas de su evangelio, como el medio por el cual se puede lograr la salvación. (6) La restauración de su sacerdocio y el restablecimiento de su Iglesia en la edad presente, que en realidad es la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. (7) La certeza de que El volverá a la tierra en un futuro no muy lejano, con poder y gran gloria, para reinar en persona y presencia corporal como Señor y como Rey.

James Talmage, Jesús el Cristo