jesus-christ-mormonA través de la expiación realizada por Jesucristo, un servicio redentor, prestado indirectamente en nombre de la humanidad, todos los cuales han sido separados de Dios por los efectos del pecado tanto heredado como el individual, el camino está abierto para una reconciliación donde el hombre puede estar de nuevo en comunión con Dios, y deberá ser capaz de vivir de nuevo y para siempre en la presencia de su Padre Eterno. Este pensamiento fundamental está admirablemente implícito en la palabra en inglés, “atonement” (expiación), que, como atestiguan sus sílabas, (at-one-ment =hecho para unificar), “que denota reconciliación, o la puesta en acuerdo de aquellos que han sido separados.” (Se halla en el New Standard Dictionary bajo “propitiation”-en inglés) El efecto de la expiación puede ser convenientemente considerado como doble:

1 – La redención universal de la raza humana de la muerte invocada por la caída de nuestros primeros padres, y,

2 –La salvación, por la cual se proporcionan los medios de relevo de los resultados del pecado individual.

La victoria sobre la muerte se puso de manifiesto en la resurrección de Cristo crucificado; Fue el primero en pasar de la muerte a la inmortalidad y por eso es justamente conocido como “primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20; véase también Hechos 26:23; Colosenses 1:18; Apocalipsis 1:5) Que la resurrección de los muertos de ese modo inaugurada, se extenderá a todos los que tengan o que hayan vivido, queda demostrado por una abundante evidencia de Escrituras. Después de la resurrección de nuestro Señor, otros que habían dormido en la tumba se levantaron y fueron vistos por muchos, no como apariciones de espíritus, sino como seres resucitados con cuerpos inmortalizados: “y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.”(Mateo 27:52-53)

Aquellos que se levantaron temprano se les llama “los santos”, y otras escrituras confirman el hecho de que sólo los justos serán levantados en las primeras etapas de la resurrección aún a ser consumada, pero el hecho de que todos los muertos, en su momento volverán a tener cuerpos de carne y huesos, se coloca más allá de toda duda por la palabra revelada. La directa afirmación del Salvador deberá ser concluyente: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. … No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.” (Juan 5:25, 28-29) La doctrina de la resurrección universal fue enseñada por los apóstoles de la antigüedad, (véase Hechos 24:15; Apocalipsis 20:12-13) como también por los profetas nefitas (véase 2 Nefi 9:6, 12-13, 21-22; Helamán 14:15-17; Mosíah 15:20-24), y la misma es confirmada por la revelación incidente de la presente administración. (Véase D. y C. 18:11-12; 45:44-45; 88:95-98) Incluso el pagano que no ha conocido a Dios será levantado de su tumba y, en la medida en que han vivido y muerto en la ignorancia de la ley de salvación, se les proporcionará un medio de darles a conocer el plan de salvación. “Y entonces serán redimidas las naciones paganas, y los que no conocieron ninguna ley tendrán parte en la primera resurrección; y les será tolerable.”(D & C 45:54)

Jacob, un profeta nefita, enseñó la universalidad de la resurrección, y estableció la necesidad absoluta de un Redentor, sin quien los propósitos de Dios en la creación del hombre serían considerados inútiles. Sus palabras constituyen un resumen conciso y contundente de la verdad revelada directamente relacionado con éste nuestro tema:

Porque así como la muerte ha pasado sobre todos los hombres, para cumplir el misericordioso designio del gran Creador, también es menester que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fue desterrado de la presencia del Señor. Por tanto, es preciso que sea una expiación infinita, pues a menos que fuera una expiación infinita, esta corrupción no podría revestirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que vino sobre el hombre habría tenido que permanecer infinitamente. Y siendo así, esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás. ¡Oh, la sabiduría de Dios, su misericordia y gracia! Porque he aquí, si la carne no se levantara más, nuestros espíritus tendrían que estar sujetos a ese ángel que cayó de la presencia del Dios Eterno, y se convirtió en el diablo, para no levantarse más. Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, para ser separados de la presencia de nuestro Dios y permanecer con el padre de las mentiras, en la miseria como él; sí, iguales a ese ser que engañó a nuestros primeros padres, quien se transforma casi en ángel de luz, e incita a los hijos de los hombres a combinaciones secretas de asesinato y a toda especie de obras secretas de tinieblas. ¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo; sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu! Y a causa del medio de redención de nuestro Dios, el Santo de Israel, esta muerte de la cual he hablado, que es la temporal, entregará sus muertos; y esta muerte es la tumba. Y esta muerte de que he hablado, que es la muerte espiritual, entregará sus muertos; y esta muerte espiritual es el infierno. De modo que la muerte y el infierno han de entregar sus muertos, y el infierno ha de entregar sus espíritus cautivos, y la tumba sus cuerpos cautivos, y los cuerpos y los espíritus de los hombres serán restaurados los unos a los otros; y es por el poder de la resurrección del Santo de Israel. ¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios! Porque por otra parte, el paraíso de Dios ha de entregar los espíritus de los justos, y la tumba los cuerpos de los justos; y el espíritu y el cuerpo son restaurados de nuevo el uno al otro, y todos los hombres se tornan incorruptibles e inmortales; y son almas vivientes, teniendo un conocimiento perfecto semejante a nosotros en la carne, salvo que nuestro conocimiento será perfecto.(2 Nefi 9:6-13)

La aplicación de la expiación a la trasgresión individual, mediante la cual el pecador puede obtener la absolución mediante el cumplimiento de las leyes y ordenanzas consagradas en el evangelio de Jesucristo, es concluyentemente sancionada por la escritura. Ya que el perdón de los pecados no puede ser garantizado de otra manera, que no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, y por medio de ese nombre. (Véase Mosíah 3:17) cada alma necesita la mediación del Salvador, porque todos son pecadores. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”, dice Pablo de la antigüedad, (Romanos 3:23) y Juan el apóstol añade su testimonio con estas palabras: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.”(1 Juan 1:8)

¿Quién cuestionará la justicia de Dios, que niega la salvación a todos los que no cumplan con las condiciones en que se declara obtenible? Cristo es “el autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:9) y Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo” (Romanos 2:6-9)

Tal es, entonces, la necesidad de un Redentor, ya que sin él la humanidad permanecería para siempre en un estado caído, y la esperanza de la eterna progresión se perdería inevitablemente. La probación mortal se proporciona como una oportunidad para el progreso, pero tan grandes son las dificultades y los peligros, tan fuerte es la influencia del mal en el mundo, y tan débil es el hombre en la resistencia a ellos, que sin la ayuda de un poder superior al de la humanidad ningún alma encontraría su camino de regreso a Dios de quien vino. La necesidad de un Redentor radica en la incapacidad del hombre para elevarse a sí mismo del plano temporal al espiritual, del reino inferior al superior. En esta concepción no estamos sin analogías en el mundo natural. Reconocemos una distinción fundamental entre la materia inanimada y viva, entre lo inorgánico y lo orgánico, entre los minerales sin vida, por un lado y la vida vegetal o animal, por el otro.Dentro de las limitaciones de su orden los minerales muertos crecen por acumulación de sustancia, y puede alcanzar una condición de estructura y forma relativamente perfecta como se ve en el cristal. Sin embargo, la materia mineral, aunque actúa de manera favorable cuando se les aplica las fuerzas de la naturaleza – luz, calor, energía eléctrica y otros – no puede nunca convertirse en un organismo vivo, ni los elementos muertos pueden, a través de cualquier proceso de combinación química disociarse de la vida, entrar en los tejidos de la planta como partes esenciales de la misma. Pero la planta, que es de un orden superior, envía sus raicillas dentro la tierra, extiende sus hojas en la atmósfera, y a través de estos órganos absorbe las soluciones del suelo, inspira los gases del aire, y de dichos materiales sin vida forma los tejidos de su maravillosa estructura. Ninguna partícula mineral, ni sustancia química muerta ha sido alguna vez uno de los elementos constitutivos de los tejidos orgánicos, excepto a través de la agencia de vida. Podemos, tal vez con algún beneficio, llevar la analogía un paso más allá. La planta no está en condiciones de avanzar en sus propios tejidos al plano animal. A pesar de que el orden la naturaleza reconocido sea que el “reino animal” depende del “reino vegetal” por su sustento, la sustancia de la planta puede llegar a ser parte del organismo animal sólo cuando ésta última baja de su plano superior y por su propia acción vital incorpora los compuestos vegetales con ella. En cambio, la materia animal nunca puede convertirse, ni siquiera transitoriamente, en parte de un cuerpo humano, a menos que el hombre la asimile, y por los procesos vitales de su propia existencia eleve, por el momento, la sustancia del animal que le suministra alimentos al plano mayor de su propia existencia. La comparación aquí empleada es ciertamente defectuosa si se lleva más allá de unos límites razonables de aplicación, ya que llevar a la materia mineral al plano de la planta, el tejido vegetal al nivel del animal, y la elevación de cualquiera al plano humano, no es más que un cambio temporal, con la disolución de los tejidos más altos, el mismo material cae de nuevo al nivel de lo inanimado y lo muerto. Pero, como medio para ilustrar la analogía puede no ser totalmente inválida.

Por lo tanto, para el adelanto del hombre de su presente estado caído y relativamente degenerado a la condición superior de vida espiritual, un poder por encima del propio debe cooperar. A través de la operación de las leyes para obtener el reino superior, el hombre puede ser alcanzado y levantado; no puede salvarse por sí mismo por sus propios esfuerzos sin ayuda. Un Redentor y Salvador de la humanidad es, fuera de todo cuestionamiento, fundamental para la realización del plan del Eterno Padre, para “lograr la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39) y que el Redentor y Salvador es Jesús el Cristo, al lado de quien está y no puede haber ningún otro.