Este artículo fue escrito por Ellen F., estudiante de la Universidad Brigham Young.

Para alguien que puede estar ocultando su sufrimiento:

Christ-visits-Book-of-Mormon-peoplesSé que usted ha hecho algo malo. Estoy segura que también usted sabe que ha hecho mal. Tal vez no era su intención hacerlo, tal vez sí. Tal vez usted sólo tuvo curiosidad al principio y ahora se da cuenta plenamente de las consecuencias que han venido por algo tan inocente como la curiosidad.

Sin embargo, usted trata de ocultar lo que ha hecho. No quiere que nadie lo sepa, no quiere que ellos sepan lo que realmente ha hecho. Así que oculta sus sentimientos, tal vez destruye la evidencia. Aun así, usted sabe que está ahí. Está ahí, insistiendo en el fondo de su mente. Es la tentación persistente, que tal vez usted intenta ignorar, pero parece que no puede deshacerse de ella. Lo sigue, lo arrastra. Puede estar sonriendo por fuera, pero por dentro sabe que está lejos de sonreír.

Está avergonzado. Tal vez se odia a sí mismo por lo que ha hecho y esto le hace pensar que todo el mundo le aborrecerá tanto como se odia a usted mismo si ellos alguna vez averiguan lo que ha hecho… así que no habla una palabra. ¡Pero usted quiere librarse de esta tentación! ¡Quiere deshacerse de estos sentimientos! ¡Usted no quiere odiarse a sí mismo, no quiere estar triste nunca más!

Mi querido amigo… ¿alguna vez ha oído hablar de la tristeza según Dios? Según la definición de un anterior profeta de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Ezra Taft Benson, dice: “La tristeza según Dios es un don del Espíritu. Se trata de una profunda comprensión de que nuestras acciones han ofendido a nuestro Padre y nuestro Dios. Es la conciencia aguda y afilada de que nuestro comportamiento hizo que el Salvador, Él que no conoció pecado, incluso el más grande de todos, soportara la agonía y el sufrimiento. Nuestros pecados hicieron que Él sangrara por cada poro”.

Voy a confesarle, mi amigo, que he sentido la tristeza según Dios, del mismo modo que he sentido todo lo descrito a usted antes. Durante años, he sufrido en silencio, esperando que la tentación, la miseria y el odio se fueran. Yo sabía que había hecho mal, pero no quería decírselo a nadie. Me daba vergüenza.

Recuerdo la noche en que realmente me di cuenta de que estaba en lo profundo. La noche en que me puse a orar a mi Padre Celestial, pero me eché a llorar. Lloré por mi alma, por el mal que había hecho, por el sufrimiento que Jesucristo soportó al que yo sabía que había contribuido. Esa noche, las únicas palabras que pude pronunciar entre sollozos miserables fueron “lo siento, lo siento mucho”.

Mi querido amigo, quienquiera que sea, quiero que escuche atentamente ahora. He sufrido durante mucho tiempo, sí. Y mi tristeza según Dios fue grande y terrible. Pero yo le digo… mi sufrimiento ha terminado. Estoy feliz nuevamente. Después de años de tristeza y vergüenza, estoy en paz. ¿Sabe por qué? Yo se lo diré. Es a causa de la Expiación de Jesucristo. La Expiación es el regalo más hermoso que puede recibir alguna vez. Cristo sufrió los dolores, las enfermedades, el dolor, el sufrimiento del mundo y mucho más. Lo hizo porque nos ama y Él quiso dar a sus hijos una manera de arrepentirse y venir a Él de nuevo. Él sufrió para que usted no tuviera que sufrir.

Me he arrepentido, me he arrodillado ante el Padre Celestial con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lleno de humildad y arrepentimiento, y le he pedido que perdone mis pecados. ¿Y sabe qué? Él LO HIZO.

En el capítulo 36 de Alma, el profeta Alma describe su experiencia:

“Y aconteció que mientras así me agobiaba este tormento, mientras me atribulaba el recuerdo de mis muchos pecados, he aquí, también me acordé de haber oído a mi padre profetizar al pueblo concerniente a la venida de un Jesucristo, un Hijo de Dios, para expiar los pecados del mundo.
Y al concentrarse mi mente en este pensamiento, clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que estoy en la hiel de amargura, y ceñido con las eternas cadenas de la muerte!
Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores…  Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! ¡Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor!”

Usted no tiene que sufrir. Libérese. Venga a Cristo. Él le puede ayudar. Él puede hacer que el dolor desaparezca. Él puede traer la paz.

Con amor, alguien que ha estado allí.

 

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Este artículo fue escrito por:

Estudiante BYU – que ha escrito 26 artículos sobre Jesucristo