Archive for the ‘Jesús el Cristo’ Categoría

¿Por qué Jesús es llamado el Primogénito?

1 enero 2010

Cuando nos ponemos a reflexionar sobre lo que significa nacer, a menudo pensamos en recibir la vida y un cuerpo mortal que papá y mamá nos brindan. Por lo tanto, cuando preguntan: “¿Qué es lo que quiere decir que Jesús sea el primogénito? A menudo aparece otra pregunta: “¿Cómo puede Jesucristo ser el primogénito si vivió en lo que algunas veces se denominó el meridiano de los tiempos? Para poder responder estas preguntas, debemos volver a reflexionar nuestra definición de lo que significa nacer.

Las escrituras hablan de la llegada de un renacimiento cuando uno recibe el perdón de sus pecados. Pero ya que Jesús nunca pecó, esto no puede darse en este caso.” Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.” (Mateo 9:12). De todas maneras, cuando las personas nacen, se dice que recibieron vida. Por lo tanto, volver a nacer es recibir nuevamente una vida. Una de las formas en que Jesús es el primogénito es porque “Cristo ha resucitado de entre los muertos; y llegó a ser primicias de los que durmieron”. (1 Corintios 15:20). Al llamar a Cristo el Primogénito nos referimos a su acto de conquistar la muerte para que “todos resuciten” (1 Corintios 15:22). Entonces, uno podría decir que, por lo tanto, se trata de un acto de adoración –de impresionante reverencia- para recordar que Jesucristo es el Primogénito, el primero que resucitó y recibió nuevamente un cuerpo. (más…)

¿Quién es el consolador?

7 julio 2009

Justo antes de la muerte de Jesús, Él prometió a sus apóstoles que Dios les enviaría un consolador después de Su muerte. ¿Quién es el consolador? El Consolador que Jesús prometió es el Espíritu Santo. Este precioso don trae consuelo en una variedad de formas para los que viven dignos de su presencia.

Mas el Consolador, el cual es Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. (Juan 14:26)

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¿Cómo podía Jesús orar a Sí mismo?

5 julio 2009

Esta es la pregunta que los cristianos que leen la Biblia concienzudamente se hacen con frecuencia. Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a veces llamados los mormones, tienen una sólida respuesta a esta interrogante, la misma que es una muy buena pregunta.

Cuando José Smith tenía catorce años de edad, fue al bosque cercano a su casa para orar. Él había estado tratando de decidir a qué Iglesia unirse y había leído en la Biblia que si alguien necesitaba sabiduría, él podía preguntar a Dios, y Dios le respondería. El había decidido hacer justamente eso.

Mientras oraba, una luz brillante descendió de los cielos y se detuvo sobre él. Dentro de la luz, vio a dos personajes. El primero de ellos señalaba al otro y dijo: “Este es mi Hijo amado. Escúchalo”. El orador era Dios el Padre, y Él estaba presentando a Su Hijo, Jesucristo. De esta visión, la misma que condujo a la restauración de la iglesia completa sobre la tierra del Salvador, José supo que Dios y Jesús eran seres independientes.

Una vez que uno se da cuenta de que probablemente Jesús no oraba a Sí mismo, puede leer el Nuevo Testamento una vez más y darse cuenta de que la Biblia es muy clara a este respecto. La Trinidad, una creencia de que Dios, Jesús y el Espíritu Santo son una sola persona en tres formas, fue canonizada en los siglos cuarto y quinto luego de una reunión en la que líderes religiosos llegaron a un acuerdo, haciendo cambiar de parecer a algunos que no estaban de acuerdo y desaforando a los que se rehusaban a retractarse. Eso no se enseñaba en la Biblia en absoluto. Veamos algunas escrituras que se refieren a este asunto:

Una escritura que en ocasiones la usan las personas que aceptan la Trinidad es Juan 14:7:

7 Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto”. Ellos sienten que esto prueba que Dios y Jesús eran la misma persona. Sin embargo, al leer el versículo en contexto demuestra que esto no es en absoluto lo que el Salvador estaba diciendo.

En el versículo 10, Jesús dice: “¿No crees que Yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras”. Aquí, Jesucristo claramente dice que Él no está hablando por Sí mismo, sino por Dios y que es Dios quien hace las obras, no Él. Esto aclara que son entes independientes. Jesús promete orar a Dios para pedir a Dios que envíe un consolador a Sus apóstoles cuando Él se haya ido, algo que no sería necesario si ellos fueran la misma persona. Pero en el versículo 20, vemos exactamente lo que Jesús quiere decir cuando Él habla de estar en el Padre:

“En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” Si los versículos anteriores tuvieran el significado de que “Yo estoy en mi Padre” querría decir que ellos eran la misma persona, luego la siguiente frase: “Y vosotros en mí, y Yo en vosotros” significaría que los apóstoles serían también la misma persona que Jesús, haciendo de ello algo mucho más que una Trinidad. Jesús usa parafraseos similares con frecuencia, instruyendo a los apóstoles a ser uno con cada cual así como Él es uno con Su Padre. Lo que Él quería decir, obviamente, era que debían estar completamente unificados en amor, doctrina y propósito.

El testimonio de Stephen es aún más claro acerca de la independencia de Jesús y Dios: “Pero él, estando lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la Gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios. Y dijo, he aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.” (Hechos 7:55-56)

Así que la respuesta a su pregunta es que Él no oró a Sí mismo, lo que de verdad sería una cosa muy extraña. El oró a Su Padre en los Cielos, así como lo hacemos nosotros, y como Él nos enseñó a hacerlo.

Nombres y Títulos divinos de Jesucristo

11 septiembre 2008

Alfa y Omega - Greg Olsen

Alfa y Omega - Greg Olsen

En los nombres y títulos particulares que autorizadamente se aplican a Jesucristo está manifestada su divinidad. Según el criterio del hombre, no se puede atribuir mucha importancia a los nombres, pero en la nomenclatura de los Dioses, cada nombre es un título de poder o categoría. Dios es propiamente celoso de la santidad de su propio nombre (Éxodo 20:7; Levítico 19:12; Deuteronomio 5:11) y de los que son dados mediante esta autoridad. En el caso de aquellos hijos que fueron prometidos, El les prescribió sus nombres antes de nacer. Así fue con nuestro Señor Jesús, y con el Bautista (Juan), enviado para preparar el camino delante del Cristo. Por instrucciones divinas se han cambiado los nombres de ciertas personas, porque no expresaban con suficiente claridad el servicio particular al cual fueron llamadas, o las bendiciones especiales conferidas sobre ellas.* (más…)

Jesucristo, el Creador

11 septiembre 2008

Paz en la tierra - Greg Olsen

Paz en la tierra - Greg Olsen

Como ya se ha indicado en relación con otro asunto, el Padre participó en la obra de la creación por medio del Hijo, el cual, por tal motivo, llegó a ser el Administrador, por conducto de quien la voluntad, mandamiento o palabra del Padre se llevó a efecto. De modo que con propiedad enfática el apóstol Juan otorga al Hijo, Jesucristo, el título de “el Verbo” o como lo declara el Padre, “la palabra de mi poder” (Juan 1:1, Moisés 1:32). En muchas de las Escrituras se aclara la parte que Jesucristo desempeñó en la creación, parte tan prominente que justifica que lo llamemos el Creador. Así que, el autor de la epístola a los Hebreos se refiere característicamente al Padre y al Hijo, en calidad de Seres distintos pero asociados: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Hebreo 1:1-2, véase también 1 Corintios 8:6). Más explícita todavía es la forma en que el apóstol Pablo escribe a los Colosenses, a quienes declara, con referencia a Jesús el Hijo: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades: todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:16-17). Y aquí cabe repetir el testimonio de Juan, de que por el Verbo, “que era con Dios, y que era Dios aun desde el principio, todas las cosas fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. (Juan 1:1-3). (más…)

El doble efecto de la expiación

11 septiembre 2008

A través de la expiación realizada por Jesucristo, un servicio redentor, prestado indirectamente en nombre de la humanidad, todos los cuales han sido separados de Dios por los efectos del pecado tanto heredado como el individual, el camino está abierto para una reconciliación donde el hombre puede estar de nuevo en comunión con Dios, y deberá ser capaz de vivir de nuevo y para siempre en la presencia de su Padre Eterno. Este pensamiento fundamental está admirablemente implícito en la palabra en inglés, “atonement” (expiación), que, como atestiguan sus sílabas, (at-one-ment =hecho para unificar), “que denota reconciliación, o la puesta en acuerdo de aquellos que han sido separados.” (Se halla en el New Standard Dictionary bajo “propitiation”-en inglés) El efecto de la expiación puede ser convenientemente considerado como doble: (más…)

¿Por qué Jesús asombraba a las personas?

4 junio 2008

El Evangelio a menudo describe la reacción de las personas hacia Jesús como “admiradas” o “asombradas” (Marcos 1:22,27). Normalmente, las personas no hubiesen sido capaces de distinguir a Jesús de otro hombre judío del primer siglo basándose simplemente en su apariencia física al inicio de su ministerio. Esta reacción inicial hacia Jesús no fue, por lo tanto, basada en su aspecto. Solo tiempo después, las personas empezaron a reconocerlo y distinguirlo de otros ya que su fama se extendía por toda la tierra.

Marcos resalta dos acontecimientos al inicio de su narración y relata la razón por la cual las personas reaccionaban con asombro, como lo hacían con frecuencia, cuando se encontraban con el Hijo del Hombre y escuchaban sus palabras. Cuando Jesús enseñó en la sinagoga en Capernaum por primera vez, Marcos señala, las personas “se admiraban de su doctrina: porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Marcos 1:22; cursiva agregada). (más…)

La Caída y la Expiación de Jesucristo

22 mayo 2008

No permitamos que la ignorancia y la irreflexión nos hagan cometer el error de suponer que la precognición del Padre, respecto de lo que en determinadas condiciones habría de ser, estableció que así tendría que ser. No fue su intención que se perdieran las almas de los del género humano; al contrario, fue y es su obra y gloria “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. [1] Sin embargo, Él vio la maldad en que irremediablemente habrían de caer sus hijos; y con infinito amor y misericordia dispuso los medios para evitar las temibles consecuencias, con la condición de que el transgresor debiera emplearlos. [2] La oferta del Hijo Primogénito, de establecer el evangelio de salvación por medio de su propio ministerio entre los hombres y de sacrificarse a sí mismo, mediante el afán, la humillación y el padecimiento, aun hasta la muerte, fue aceptado, y llegó a ser el plan preordinado para redimir al hombre de la muerte, proveerle por último la salvación de los efectos del pecado y poner a su alcance la exaltación por medio de sus obras justas.

De acuerdo con el plan adoptado en el concilio de los Dioses, se creó al hombre como espíritu incorpóreo, y su envoltura de carne fue integrada por los elementos de la tierra. [3] Se le dieron mandamientos y leyes y quedó libre para obedecer o desobedecer, con la justa e inevitable condición de que disfrutaría o padecería los resultados naturales de su elección. [4] Adán, el primer hombre [5] colocado sobre la tierra de conformidad con el plan establecido, y Eva, dada a él como compañera, e indispensable para él en la misión señalada de poblar la tierra, desobedecieron el mandamiento directo de Dios y de este modo efectuaron la “caída del hombre”, inaugurando con ello el estado carnal, del cual la muerte es un elemento esencial. [6] No se propone considerar aquí detalladamente la doctrina de la caída; para nuestro propósito basta establecer la realidad del trascendental acontecimiento y sus portentosas consecuencias. [7] (más…)

La necesidad de un Redentor

22 mayo 2008

En un artículo anterior, hemos mostrado que todos los humanos existieron como entidades espirituales en el mundo primitivo, y que esta tierra fue creada con objeto de poner al alcance de ellos las oportunidades del estado terrenal. Mientras eran todavía espíritus les fue otorgada la facultad del libre albedrío o la libertad para escoger; y el plan divino dispuso que naciesen libres en la carne, herederos del derecho inalienable de la libertad para escoger y obrar por sí mismos en la tierra. Es incuestionablemente esencial para el progreso eterno de los hijos de Dios que sean sometidos a la influencia del bien así como del mal, y además, sean puestos a prueba y examinados “para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”. (1) El libre albedrío es un elemento indispensable de tal prueba.

El Padre Eterno entendía bien las naturalezas distintas y capacidades diversas de su progenie espiritual; y su precognición infinita le manifestó claramente, aun desde el principio, que en la escuela de la vida algunos de sus hijos lograrían el éxito y otros fracasarían; unos serían fieles, otros falsos; unos escogerían lo bueno, otros lo malo; unos buscarían el camino de la vida, mientras que otros preferirían seguir el camino de la destrucción. Previó, además, que la muerte entraría en el mundo y que sería de breve duración individual la posesión que sus hijos tuvieran de sus cuerpos. Vio que se desobedecerían sus mandamientos y se violaría su ley; y que los hombres, excluidos de su presencia y dejados a sí mismos, degenerarían en lugar de elevarse, fracasarían en lugar de avanzar, y los cielos los perderían. Fue necesario que se proveyese un medio de redención, con la ayuda del cual el hombre errante pudiera hacer una reparación y, cumpliendo con la ley establecida, lograr la salvación y finalmente la exaltación en los mundos eternos. Habría de ser vencido el poder de la muerte a fin de que, aun cuando los hombres por fuerza tuviesen que morir, sus espíritus vivirían de nuevo, revestidos de cuerpos inmortales, de los cuales la muerte no volvería a triunfar. (más…)

El plan de compulsión de Satanás y el plan de albedrío de Cristo

22 mayo 2008

Antes de ser puesto el hombre sobre la tierra, no sabemos cuánto tiempo antes, Cristo y Satanás, junto con las huestes de los hijos espirituales de Dios, existían como individuos inteligentes, facultados con el poder y la oportunidad para escoger el camino que quisieran seguir y obedecer. En ese gran concurso de inteligencias espirituales, se presentó e indudablemente se discutió el plan del Padre por medio del cual sus hijos avanzarían a su segundo estado. Fue tan inmensamente gloriosa esta oportunidad, puesta al alcance de los espíritus que habrían de tener el privilegio de tomar cuerpos en la tierra, que las multitudes celestiales prorrumpieron en cantos y se regocijaron. [1]

Fue rechazado el plan compulsivo de Satanás, mediante el cual todos serían conducidos sin daño durante el curso de su vida terrenal, privados de la libertad de obrar y de la facultad para escoger, restringidos a tal grado que se verían obligados a hacer lo bueno, a fin de que no se perdiera una sola alma; y se aceptó la humilde oferta de Jesús el Primogénito, de encarnar y vivir entre los hombres como su Ejemplo y Maestro, observando la santidad del albedrío del hombre, pero al mismo tiempo enseñándole a emplear debidamente esa herencia divina. Esta decisión causó la guerra que resultó en la derrota de Satanás y sus ángeles, los cuales fueron echados fuera y privados de los infinitos privilegios consiguientes al segundo estado, o sea el terrenal. (más…)