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Jesús de Nazaret

10 mayo 2012

Élder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

El élder Haight habla de la vida y misión de Cristo, tal como lo revelan las Escrituras (algunas únicamente mormonas). Él insiste en que Cristo y Su mensaje divino es la razón por la cual Iglesia pone tanta importancia en el trabajo misionero de los mormones.

En el corazón del hombre, cualquiera sea su raza o condición en la vida, hay anhelos inexpresables de algo que por ahora no poseen. Este anhelo ha sido infundido en nosotros por un Creador que se preocupa por sus hijos.

El objetivo de nuestro amoroso Padre Celestial es que ese anhelo del corazón humano nos conduzca hacia Aquel que es el único que puede satisfacerlo, Jesús de Nazaret, que fue preordenado en el gran consejo, antes de que se creara la tierra.

El Jesús premortal dijo al hermano de Jared:

“He aquí, yo soy el que fue preparado desde la fundación del mundo para redimir a mi pueblo. He aquí, soy Jesucristo… En mi todo el género humano tendrá vida, y la tendrá eternamente, si, aun cuantos crean en mi nombre…” (Éter 3: 14).

Hoy es el día de la Pascua de Resurrección, un día señalado para conmemorar la resurrección física del Salvador del mundo. Por ser miembros de Su Iglesia restaurada, es imperante que hagamos todo lo posible por aumentar nuestro conocimiento de Su misión premortal, de los primeros días de Su ministerio, de Su injusta crucifixión, de la agonía de Su sufrimiento, de Su sacrificio final y Su resurrección. Todos estamos profundamente en deuda con Él, ya que Él nos ganó al derramar Su preciosa sangre. Estamos completamente obligados a seguir Sus admoniciones, a creer en Su nombre y a testificar de Él y Su palabra.

Debo algunas de mis palabras a los relatos de testigos oculares de la vida de Cristo, según están registrados en el Nuevo Testamento; a profetas antiguos y contemporáneos, y especialmente al profeta José Smith por su testimonio personal de que Dios el Padre y Su Hijo viven, y por haber seguido fielmente las instrucciones divinas de sacar a luz la plenitud del Evangelio eterno, contenido en el Libro de Mormón y otros libros canónicos de los últimos días. Doy gracias por los escritos apostólicos de los élderes James E. Talmage y Bruce R. McConkie y de otros escritores, incluso el teólogo y creyente Frederic W. Farrar. Las Escrituras nos enseñan las verdades del evangelio, y los autores inspirados añaden a nuestro conocimiento.

Sabemos que durante los últimos días de Su vida terrenal, Jesús había dejado de enseñar en público y había pasado el miércoles antes del día de la Pascua en Betania, en retiro. Al día siguiente, el jueves, Jesús les mandó a Pedro y a Juan que fueran a Jerusalén, en donde encontrarían una habitación preparada a fin de que pudiesen reunirse. En ese cuarto Jesús se reunió con los Doce, y se sentaron a comer.

Se acostumbraba que cuando una persona entraba a una habitación, se quitara las sandalias en la puerta y le lavaban los pies para limpiarlo del polvo del camino. Por lo general, esta humilde tarea la efectuaba un criado, pero en aquella noche sagrada, “Jesús mismo, con Su humildad y abnegación eternas, se levantó de Su lugar en la mesa para llevar a cabo este humilde servicio” (Frederic W. Farrar, The Life of Christ, Fountain Publications, Portland, Or., 1980, pág. 557).

Jesús les dijo:

“Vosotros me llamáis Maestro, Señor; y decís bien, porque lo soy. “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros” (Juan 13:13 14).

“Él, Su Señor y Maestro, les había lavado los pies. Era una tarea amable y gentil, y así debía ser la naturaleza de su conducta unos con los otros. Él lo había hecho para enseñarles la humildad… la abnegación… y el amor” (Frederic W. Farrar, The Life of Christ, Fountain Publications, Portland, Or., 198, pág. 559)

Durante el curso de la cena, les reveló la terrible noticia de que uno de ellos lo traicionaría, causándoles gran consternación.

Después, Jesús le dijo a Judas “Lo que vas a hacer, hazlo más pronto” (Juan 13:27). Y Judas salió de la habitación para llevar a cabo su terrible acto.

Sabiendo lo que estaba por suceder, Jesús expresó los sentimientos de su corazón a Sus once elegidos, diciendo:

“Ahora es glorificado el Hijo el Hombre, y Dios es glorificado en él…

“Hijitos, aun estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero… A donde yo voy, vosotros no podéis ir.

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:31, 33-35).

Mientras estaban en aquel aposento alto, Jesús, instituyendo el sacramento de la Santa Cena, tomó pan, lo partió, lo bendijo y lo repartió a Sus discípulos, diciendo:

“… Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mi”.

Y luego, pasándoles la copa, les dijo:

“Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:19-20).

El Salvador oró al Padre por los Apóstoles y por todos los que creyeren:

“… Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti;

“como le has dado potestad sobre toda carne, para que de vida eterna a todos los que le diste.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:13).

El tiempo que le quedaba para permanecer con ellos era corto. Les habló del Espíritu Santo a quien Él enviaría para consolarlos y guiarlos en la verdad; les enseñó muchas cosas esa noche en aquel aposento, al tratar de prepararlos para aquello que sabía que estaba por suceder.

Se levantaron de la mesa, unieron sus voces en un himno y salieron de la habitación juntos para caminar hacia el huerto de Getsemaní y todo lo que allí les esperaba.

“Había llegado la hora terrible de Su más profundo sufrimiento… Nada le quedaba… sino la tortura del dolor físico y… el sufrimiento mental… Sosegó Su espíritu por medio de la oración y la meditación para poder hacer frente a aquella hora en que todo lo malo que hay en el poder de Satanás se desataría implacablemente sobre el Inocente y Santo. Y debía hacer frente a aquella hora solo” (Frederic W. Farrar, The Life of Christ, Fountain Publications, Portland, Or., 1980, pág. 575).

“Mi alma”, dijo Él, “está muy triste, aun hasta la muerte” (Mateo 26:38). No eran la angustia y el temor al dolor y la muerte, sino “la carga… de los pecados del mundo lo que atormentaba Su corazón” (ibíd, págs. 576-579).

“Se alejó para encontrar Su único consuelo en la comunicación con Su Padre. Y ahí encontró todo lo que necesitaba. Antes de que concluyera aquella hora, estaba preparado para lo peor que Satanás o el hombre pudieran infligirle” (ibíd, pág. 580).

“Del terrible conflicto en el Getsemaní, Cristo salió triunfante. Aunque en la angustiosa tribulación de esa… hora había pedido que se apartara de Sus labios la amarga copa… el deseo supremo del Hijo era cumplir la voluntad del Padre” (James E Talmage, Jesús el Cristo, pág. 645).

Después llegó Judas, con su beso traicionero; la entrega de Cristo a Sus enemigos; el arresto del Hijo de Dios; los tres falsos juicios ante los sacerdotes y el Sanedrín; los insultos y los escarnios de la multitud; la aparición de Cristo ante Poncio Pilato y luego Herodes, y otra vez ante Pilato. Luego, llegó el fallo final de Pilato; después de haber sido en vano tres apelaciones ante la multitud de judíos para que perdonaran a uno de los suyos, entregó a Jesús para ser azotado.

“La flagelación precedía por lo general a la crucifixión… Se desnudaba a la víctima públicamente… se le ataba a un pilar… Luego se le azotaba con muchas correas en el extremo de las cuales se colocaban filosos fragmentos… de hueso [o piedra]… La víctima por lo general perdía el conocimiento o a veces moría” (Frederic W Farrar, The Life of Christ, Fountain Publications, Portland, Or., 1980, pág. 624).

Una vez que se hubo preparado la cruz, la pusieron sobre Sus hombros y lo llevaron al Gó1gota. “Pero Jesús estaba debilitado… por horas… de violenta…agitación… una noche de profunda… emoción… el sufrimiento mental en el huerto, y los tres juicios y las tres sentencias de muerte ante los judíos… Todo esto, además de las… heridas causadas por la flagelación y la pérdida de sangre, lo habían privado completamente… de Su fortaleza física” (ibíd, pág. 634-635). De manera que hicieron que uno de los espectadores cargara la pesada cruz.

En el Calvario, Cristo fue colocado sobre la cruz.

“Sus brazos se extendían a lo largo de las vigas; y en el centro de las palmas abiertas, se colocó el extremo de un enorme clavo… el que hundieron… [a través de la carne temblorosa] en la madera” (ibíd, pág. 639). También le clavaron los pies a la cruz, la cual fue levantada lentamente y depositada firmemente en la tierra.

“Todas las voces a su alrededor exclamaban blasfemias y despecho, y durante aquella lenta agonía, Su oído de moribundo no escuchó palabras de gratitud, de compasión ni de amor” (ibíd, pág. 644). Cualquier movimiento era una agonía para las recientes heridas de las manos y los pies. “El vértigo… la sed… el insomnio… la fiebre… la vergüenza, las largas horas de tormento… todo esto caracterizaba la muerte a la que Cristo estuvo sentenciado” (ibíd, pág. 641).

Jesús fue clavado sobre la cruz en aquel fatídico viernes, probablemente entre las nueve y diez de la mañana.

“Al mediodía se opacó la luz del sol, y una densa niebla se extendió por todo el país. La tenebrosa obscuridad continuó durante un período de tres horas… Fue una señal adecuada de la profunda lamentación de la tierra por la muerte inminente de su Creador” (James E Talmage, Jesús el Cristo, págs. 694-695).

A la hora novena, Cristo pronunció aquella angustiosa exclamación: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 21:46). “En esa hora más crítica, el Cristo agonizante se hallaba a solas… A fin de que el sacrificio supremo del Hijo pudiera consumarse en toda su plenitud, parece que el Padre retiró… Su Presencia inmediata, dejando al Salvador de la humanidad la gloria de una victoria completa sobre las fuerzas del pecado y la muerte” (ibíd, pág. 695).

Más tarde, “comprendiendo plenamente que ya no estaba abandonado, sino que el Padre había aceptado Su sacrificio expiatorio, y que Su misión en la carne había llegado a una gloriosa consumación, Jesús exclamó en alta voz de sagrado triunfo: ‘Consumado es’ (Juan 19:30). Entonces, con reverencia, resignación y alivio, se dirigió a Su Padre, diciendo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ (Lucas 23; 46)” (ibíd, pág. 696).

“En ese momento, el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; y la tierra tembló… la multitud, con gran solemnidad… regresó a Jerusalén” (Frederic W. Farrar, The Life of Christ, Fountain Publications, Portland, Or., 1980, pág. 652).

Con mucho cuidado, bajaron de la cruz el cuerpo de Cristo, lo colocaron en una sábana limpia que había comprado José de Arimatea, lo cubrieron con especias aromáticas y lo llevaron a un jardín cercano que era propiedad de José, en donde había un sepulcro nuevo.

Como ya era el atardecer, “las preparaciones tuvieron que hacerse con mucha prisa, porque una vez que se pusiera el sol empezaría el día de reposo. Por lo tanto, lo único que podían hacer era lavar… y colocar el amado cuerpo entre las especias, envolverle la cabeza con un lienzo blanco, enrollar el fino lienzo alrededor de las extremidades heridas, y colocar el cuerpo reverentemente en el rocoso nicho”. Luego se hizo rodar una gran piedra sobre la entrada del sepulcro. (ibíd, pág. 659).

Al amanecer de aquella mañana de la primera Pascua de Resurrección, las dos Marías, junto con otras mujeres, llevaron sus preciosas especias y ungüentos a la tumba para terminar de preparar el cuerpo; se preguntaban quien les ayudaría a quitar la piedra de la entrada del sepulcro. Azoradas, encontraron que la pesada piedra había sido quitada, que el cuerpo de Jesús no estaba ahí, y que dos ángeles vestidos de blanco testificaban que Cristo se había levantado de entre los muertos. Las mujeres se apresuraron para llevar las noticias a los discípulos. Juan y Pedro acudieron apresurados al lugar y encontraron que así era; el sepulcro estaba vacío.

María Magdalena regreso una vez más al sepulcro y ahí pronunció la palabras: “… se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto” Entonces Jesús mismo apareció ante ella y le dijo: “¡María!” Cuando ésta lo reconoció, El le dijo con suavidad:

“… No me toques, porque aun no he subido a mi Padre; mas ve a mi hermanos, y diles: Subo a mi Padre a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Ella se apresuró a obedecer. (Juan 20: 13-17.)

Después de levantarse de la tumba al tercer día después de Su crucifixión, Jesús se apareció no sólo a María sino a las otras mujeres también; la tercera vez apareció a Pedro.  El mismo día, dos de los discípulos estaban en camino a un pueblo llamado Emaus cuando Cristo se puso caminar junto a ellos. Una vez más por quinta vez, en aquel inolvidable día de Pascua de Resurrección, Jesús se manifestó a sí mismo a Sus discípulos. Diez de ellos estaban reunidos buscando consuelo, cuando Cristo se les apareció.

“Paz a vosotros”, les dijo.

“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. (Lucas 24:36, 39).

Más tarde, en la costa de Galilea, mientras el Salvador y los discípulos comían juntos, Jesús le preguntó a Pedro:

“Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? … Sí, Señor; tú sabes que te amo… Apacienta mis corderos.

“… Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?”, volvió a preguntarle. “Sí, Señor; tú sabes que te amo… Pastorea mis ovejas.

“Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” Angustiado, Pedro respondió: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Y el Señor le repitió de nuevo: “Apacienta mis ovejas” (Juan 21:15-17).

Jesús eligió el Monte de los Olivos como el lugar para Su ascensión. En ese lugar, el Salvador instruyó a los Apóstoles y a los que Él había comisionado:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28: 1920).

Esa es nuestra comisión. Esa es la razón por la que vamos a todas las naciones de la tierra a predicar Su evangelio.

Eliza R. Snow, que amaba esta obra -como yo- escribió estas bellas líneas:

Jesús, en la corte celestial,

mostró Su gran amor

al ofrecerse a venir y ser el Salvador.

Su vida libremente dio;

Su sangre derramó.

Su sacrificio de amor

al mundo rescato …

Oh cuan glorioso y cabal

el plan de redención:

merced, justicia y amor

en celestial unión.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

Jesucristo – El Maestro Sanador

10 mayo 2012

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El Élder Nelson testifica de la capacidad y voluntad de Cristo para sanar, tanto física (porque los mormones creen en los milagros) como espiritualmente (porque los mormones también creen en la redención y paz de Cristo).

Fe, arrepentimiento, bautismo, un testimonio, y una conversión duradera nos llevan hacia el poder sanador del Señor.

Mis amados hermanos y hermanas, saludos afectuosos a todos ustedes. De parte de las Autoridades Generales, les expreso gratitud por su integridad, por sus muchos y generosos actos de bondad, así como por sus oraciones e influencia sustentadora en nuestra vida. Nuestros retos son como los de ustedes. Todos estamos sujetos al pesar y al sufrimiento, a las enfermedades y a la muerte. A través de los tiempos buenos y de los tiempos difíciles, el Señor espera que cada uno de nosotros persevere hasta el fin. Al paso que todos avanzamos juntos en Su sagrada obra, las Autoridades Generales comprenden la importancia de su interés por nosotros que con tanto amor nos brindan y que con tanta gratitud recibimos. Los amamos y oramos por ustedes, así como ustedes oran por nosotros.

Expreso gratitud especial al Señor Jesucristo. Estoy agradecido por Su amorosa bondad y por su manifiesta invitación a venir a Él1. Me maravillo de Su incomparable poder para sanar. Doy testimonio de que Jesucristo es el Maestro Sanador. Y ése no es sino uno de los muchos atributos que caracterizaron Su vida excepcional.

Jesús es el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios, el Creador, el gran Jehová, el prometido Emanuel, nuestro expiatorio Salvador y Redentor, nuestro abogado para con el Padre, nuestro gran Ejemplo. Y un día compareceremos ante Él que es nuestro justo y misericordioso Juez.

Milagros de sanidad

En calidad de Maestro Sanador, Jesús dijo a Sus amigos: “Id, haced saber… lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, [y] los muertos son resucitados”.

En los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan se relata reiteradamente que Jesús anduvo predicando el Evangelio y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Cuando el Redentor resucitado apareció a los antiguos habitantes de América, misericordiosamente invitó a los que estuviesen “afligidos de manera alguna” a ir a Él para sanarlos.

Prodigiosamente, Su divina autoridad para sanar a los enfermos fue conferida a dignos poseedores del sacerdocio en dispensaciones anteriores y de nuevo en éstos, los últimos días, en los que Su Evangelio ha sido restaurado en su plenitud.

La influencia de la oración en la sanidad

También tenemos acceso a Su poder sanador por medio de la oración. Jamás olvidaré la experiencia que vivimos mi esposa y yo hace ya tres décadas con el presidente Spencer W. Kimball y su amada esposa Camilla. Nos encontrábamos en Hamilton, Nueva Zelanda, para asistir a una gran conferencia con los santos. Yo no era Autoridad General en aquel tiempo y se me había invitado a participar tanto en ésa como en otras reuniones por el estilo en otras islas del sur del Pacífico mientras era el presidente general de la Escuela Dominical. Y, en calidad de doctor en medicina, atendí al presidente Kimball y a su esposa durante muchos años. Los conocí a los dos muy bien, por dentro y por fuera.

Para esa conferencia, la juventud local de la Iglesia había preparado un programa cultural especial para el sábado al atardecer. Lamentablemente, tanto el presidente Kimball como su esposa se pusieron muy enfermos con una fiebre muy alta. Tras haber recibido bendiciones del sacerdocio, se quedaron a descansar en la cercana casa del presidente del Templo de Nueva Zelanda. El presidente Kimball le pidió a su consejero, el presidente N. Eldon Tanner, que presidiera el espectáculo cultural y pidiese las correspondientes disculpas por la ausencia del presidente Kimball y de su esposa.

Mi esposa fue a la representación con el presidente Tanner y su esposa, y el secretario del presidente Kimball, el hermano D. Arthur Haycock, y yo nos quedamos cuidando de nuestros afiebrados amigos.

Mientras el presidente Kimball dormía, yo leía sin hacer ruido en su habitación. De pronto, el presidente Kimball se despertó y me preguntó: “Hermano Nelson, ¿a qué hora comenzaba el programa de esta noche?”

“A las siete, presidente Kimball”.

“¿Y qué hora es?”

“Casi las siete”, le contesté.

El presidente Kimball se apresuró a decirme: “¡Dígale a la hermana Kimball que iremos!”.

Le tomé la temperatura al presidente Kimball, ¡y la tenía normal! Le tomé la temperatura a la hermana Kimball, ¡y también la tenía normal!

Se vistieron rápidamente y subimos a un automóvil en el que se nos condujo al estadio del Colegio Universitario de la Iglesia de Nueva Zelanda. Al entrar el vehículo en el estadio, el público estalló en una muy fuerte y espontánea ovación. ¡Fue algo muy fuera de lo normal! Tras haber ocupado nuestros asientos, le pregunté a mi esposa a qué se había debido aquella repentina ovación. Me dijo que, cuando el presidente Tanner dio comienzo a la reunión, había pedido las correspondientes disculpas por la ausencia del presidente Kimball y su esposa debido a que se habían puesto enfermos. En seguida, se le pidió a uno de los jóvenes neozelandeses que diese la primera oración.

Con gran fe, dio lo que mi esposa describió como una oración más bien larga pero potente, en la que dijo: “Nos encontramos aquí tres mil jóvenes neozelandeses, tras habernos preparado durante seis meses para cantar y bailar para Tu profeta. ¡Te imploramos que le sanes para que llegue hasta aquí!”. Después de que todos dijeron “amén”, entró en el estadio el automóvil en el que llevaban al presidente Kimball y a su esposa. ¡Los reconocieron de inmediato e instantáneamente les dieron una ovación!.

¡Presencié el poder sanador del Señor! ¡También presencié la revelación que recibió Su profeta viviente y la forma en la que respondió a ella!

Reconozco que, a veces, algunas de nuestras más fervientes oraciones quedan al parecer sin respuesta. Nos preguntamos: “¿Por qué?”. ¡Sé lo que se siente! Conozco los temores y las lágrimas de esos momentos. Pero también sé que nuestras oraciones nunca son desoídas, que nuestra fe nunca pierde su valor. Sé que la visión de nuestro omnisciente Padre Celestial es infinitamente más amplia que la nuestra. En tanto nosotros sabemos de nuestros problemas y dolores mortales, Él sabe de nuestro progreso y potencial inmortales. Si oramos para conocer Su voluntad y someternos a ella con paciencia y con valentía, la sanidad celestial tendrá lugar a Su propia manera y a Su tiempo.

Los pasos que hay que seguir para ser sanados

Las dolencias provienen tanto de causas físicas como de causas espirituales. Alma, hijo de Alma, se acordó de que su pecado era tan doloroso que deseó ser “aniquilado en cuerpo y alma, a fin de no ser llevado para comparecer ante la presencia de… Dios para ser juzgado por [sus] obras”. En tales ocasiones, ¿cómo podemos ser sanados por Él?

¡Podemos arrepentirnos de un modo más completo! ¡Podemos convertirnos más íntegramente! Entonces, el “Hijo de Justicia” podrá bendecirnos más plenamente con Su mano sanadora.

A principios de Su ministerio mortal, Jesús anunció que había sido enviado “a sanar a los quebrantados de corazón”. Dondequiera que impartió enseñanzas, Su modelo fue uniforme. Mientras cito las palabras que Él habló en cuatro ocasiones y lugares diferentes, fíjense en el modelo.

• A la gente de la Tierra Santa, el Señor habló para que los de Su pueblo “vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane”.

• A los habitantes de la Antigua América, el Señor resucitado hizo esta invitación: “…¿no os volveréis a mí ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para que yo os sane?”.

• A los líderes de Su Iglesia, Él enseñó: “…debéis continuar ministrando por éstos; pues no sabéis si tal vez vuelvan, y se arrepientan, y vengan a mí con íntegro propósito de corazón, y yo los sane”.

• Posteriormente, durante “la restauración de todas las cosas”, el Señor enseñó a José Smith con respecto a los pioneros: “Y después de sus tentaciones y de mucha tribulación, he aquí, yo, el Señor, los buscaré; y si no se obstina su corazón ni se endurece su cerviz en contra de mí, serán convertidos y yo los sanaré”.

La secuencia del modelo del Señor es importante. La fe, el arrepentimiento, el bautismo, el testimonio y la conversión perdurable conducen al poder sanador del Señor. El bautismo es el acto de un convenio, la señal de un cometido y de una promesa. El testimonio se crea cuando el Espíritu Santo da convicción al que busca la verdad con fervor. El verdadero testimonio incrementa la fe, promueve el arrepentimiento y la obediencia a los mandamientos de Dios. El testimonio engendra el entusiasmo para servir a Dios y a los semejantes. La conversión significa “volverse hacia… [y] con”. La conversión es volverse de las maneras del mundo hacia las maneras del Señor y permanecer con ellas. La conversión comprende el arrepentimiento y la obediencia. La conversión efectúa un potente cambio en el corazón. Por lo tanto, el verdadero converso “nace de nuevo” y anda en vida nueva.

Como conversos de verdad, nos sentimos motivados a hacer lo que el Señor desea que hagamos y a ser la clase de personas que Él desea que seamos. La remisión de pecados, que conlleva el perdón divino, sana el espíritu.

¿Cómo podemos saber si nos hemos convertido de verdad? Hay pruebas de introspección en las Escrituras. Una de ellas mide el grado de conversión que debemos tener antes de nuestro bautismo. Otra mide nuestra buena disposición para prestar servicio a los demás. A Su discípulo Pedro el Señor dijo: “…yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto [o sea, convertido], confirma [o sea, fortalece] a tus hermanos”. La buena disposición para servir y fortalecer a los demás se yergue como símbolo del estado de preparación de cada uno para ser sanado.

La magnitud de Su sanidad

Juan el amado dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. ¡Qué poder! Únicamente el Maestro Sanador podía quitar el pecado del mundo. Nuestra deuda para con Él es de una magnitud incalculable.

Recuerdo bien una circunstancia que ocurrió cuando hablaba yo a un grupo de misioneros. Tras haberlos invitado a hacer preguntas, uno de los élderes se puso de pie y, entre lágrimas, me preguntó: “¿Por qué tuvo Jesús que sufrir tanto?”. Le pedí al élder que abriera el himnario y que recitara la letra del himno “¡Grande eres Tú!” y leyó:

Al recordar el gran amor del Padre
que desde el cielo al Salvador envió,
aquel Jesús que por salvarme vino
y en la cruz por mí sufrió y murió.

En seguida, le pedí que leyese la letra de “Mansos, Reverentes Hoy”, la cual es particularmente conmovedora debido a que está escrita como si el Señor diese Su propia respuesta a la mismísima pregunta que él había hecho:

Mansos, reverentes hoy
Inclinaos ante mí;
Redimidos, recordad,
Que os di la libertad.
Y mi sangre derramé,
Vuestra salvación gané…

Lo que hice recordad,
Para daros libertad;
En la cruz yo padecí,
Muerte para vos sufrí.

¡Jesús sufrió profundamente porque nos ama profundamente! Él desea que nos arrepintamos y nos convirtamos, para poder sanarnos totalmente.

Cuando estemos llenos de pesares, será el momento de profundizar nuestra fe en Dios, de trabajar más arduamente y de prestar servicio a los demás. Entonces Él sanará nuestro corazón desgarrado de dolor. Él nos dará paz y consuelo. Esos grandes dones nunca serán destruidos, ni siquiera con la muerte.

La Resurrección: El acto de sanidad supremo

La dádiva de la Resurrección es el supremo acto de sanidad del Señor. Gracias a Él, todo cuerpo será restaurado a su debida y perfecta forma. Gracias a Él, ninguna afección carece de esperanzas. Gracias a Él, mejores tiempos nos esperan más adelante, tanto en esta vida como en la vida venidera. El verdadero regocijo nos aguarda a todos y a cada uno… una vez que hayamos pasado esta vida de pesares.

Testifico que Dios vive, que Jesús es el Cristo, el Maestro Sanador, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Jesucristo: nuestro Salvador y Redentor

10 mayo 2012

Por el presidente Ezra Taft Benson

En este discurso, el Presidente de la Iglesia (a veces llamado el profeta mormón) Ezra Taft Benson da testimonio de Cristo como nuestro Redentor y de Su Evangelio como la cura para los males de la sociedad.  Él enfatiza que Jesucristo está en el centro de la Iglesia Mormona  y de las Creencias Mormonas.

Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, necesitamos tener una confianza total en el Señor Jesucristo, a quien aceptamos como el Hijo de Dios. Mientras el mundo no lo acepte como Salvador de la humanidad, viva sus enseñanzas y lo considere el camino, la verdad y la vida, continuará temiéndole al futuro y dudando de la habilidad que tenemos de sobrellevar las dificultades de la vida mortal.

El principio fundamental de nuestra religión es la fe en el Señor Jesucristo.  ¿Por qué es prudente que centremos nuestra confianza y esperanza en un solo personaje?  ¿Por qué la fe en Él es tan necesaria para obtener paz interior en esta vida y tener esperanza en el mundo venidero?

La forma en que demos respuesta a estas preguntas determina si enfrentaremos el futuro, llenos de valor, esperanza y optimismo o, por lo contrario, si lo encararemos con temor, ansiedad y pesimismo.

Mi mensaje y testimonio es que Jesucristo es el único que está capacitado para otorgarnos la esperanza, la confianza y la fortaleza necesarias para vencer al mundo y despojarnos de nuestras debilidades humanas.  Para lograr esto último, debemos depositar en Él nuestra confianza y vivir de acuerdo con sus mandamientos y enseñanzas.

¿Por qué necesitamos tener fe en Jesucristo?

Jesucristo fue y sigue siendo el Señor Dios Omnipotente (Véase Mosíah 3:5.).  Fue elegido antes de nacer.  Fue el Creador Todopoderoso de los cielos y de la tierra y es la fuente de vida y luz para todas sus creaciones.

Su palabra es la ley por medio de la cual se gobierna todo en el universo.  Todas las cosas que creó están bajo su infinito poder.  Jesucristo es el Hijo de Dios.

Vino a la tierra en una época predeterminada y a través de un linaje real que preservó su origen divino.  Llevaba combinadas la naturaleza humana de su madre mortal y los poderes y atributos divinos de su Padre Eterno.

Tan singular legado le hizo merecedor del honroso título: El Unigénito del Padre en la carne.  Como Hijo de Dios, recibió más poder e inteligencia que cualquier otro humano nacido antes o después que Él.  Fue propiamente llamado Emmanuel, que quiere decir “Dios está con nosotros”. (Véase Mateo 1:23.)

A pesar de que era el Hijo de Dios que fue enviado a la tierra, el plan divino del Padre requería que Jesucristo pasara por todas las dificultades y pruebas propias de la vida mortal.  Por lo tanto, sufrió “tentaciones… hambre, sed y fatiga” (Mosíah 3:7).

Para poder llegar a ser el Redentor de todos los hijos de nuestro Padre Celestial, Jesucristo tenía que obedecer todos los mandamientos de Dios.  Debido a que se dispuso a hacer la voluntad de su Padre, progresó de “…gracia en gracia hasta que recibió la plenitud” del poder del Padre, “y recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra” (D. y C. 93:13, 17).

Una vez que comprendamos esta verdad acerca de a quien adoramos como el Hijo de Dios, entenderemos con más claridad que Él tenía el poder para sanar a los enfermos, curar toda clase de dolencias, resucitar a los muertos y dominar las fuerzas de la naturaleza.  Aun los demonios, que Él echó fuera, se encontraban bajo su dominio y reconocía; Su origen divino.

Como el gran Legislador que es, formuló leyes y mandamientos para el beneficio de todos los hijos de nuestro Padre Celestial.  En realidad, en Él se cumplió la ley y todos los convenios previos que Dios había hecho con la casa de Israel. El dijo:

“He aquí, yo soy a ley y la luz.  Mirad hacia mí, y perseverad hasta el fin, y viviréis; porque al que persevere hasta el fin, le daré la vida eterna” (3 Nefi 15:9.),

Sus leyes requieren que todos los hombres, no importa quiénes sean, se arrepientan y se bauticen en su nombre y reciban el Espíritu santo, que es el poder santificador que puede absolverles de sus pecados.  El cumplir con estas leyes y ordenanzas le permitirá a cada persona presentarse sin culpa ante Él en el día del juicio.  Los que cumplen se asemejan a los que construyen su casa sobre cimientos firmes y “las puertas del infierno no prevalecerán en contra de ellos” (3 Nefi 11:39).

Con toda propiedad lo alabamos porque es nuestra Roca de Salvación. (Véase 2 Nefi 4:30.)

Para que sintamos la gratitud que Él se merece por lo que hizo por nosotros, debemos recordar estas importantes verdades:

Jesucristo vino a la tierra para hacer la voluntad del Padre.

Vino a la tierra sabiendo que Él tomaría sobre sí los pecados de todos nosotros.

Sabía que iba a ser crucificado.

Nació para ser el Salvador y Redentor de la humanidad.

Fue capaz de cumplir con su misión porque era el Hijo de Dios y poseía el poder divino.

Estuvo dispuesto a cumplir con su misión porque nos ama.

Ningún otro ser mortal tenía la capacidad de redimir a los demás seres humanos y sacarlos de su condición de seres degradados y perdidos, ni nadie más podía haber entregado su vida voluntariamente y, de esa manera, lograr la resurrección universal de los demás mortales.

Solamente Jesucristo fue capaz de llevar a cabo ese acto de amor redentor.

Tal vez nunca lleguemos a entender en nuestra vida mortal cómo logró hacerlo; pero sí tenemos el deber de comprender por qué lo hizo.

Todo lo que Él hizo fue motivado por el infinito y generoso amor que siente por nosotros. Oigamos sus propias palabras:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten,…padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:16, 18.)

Tal como fue característico durante toda su vida mortal, el Señor se avino a los deseos de nuestro Padre Celestial y bebió la amarga copa.

Sufrió la angustia de todos los hombres en Getsemaní para que ellos no tuvieran que soportarla si se arrepentían.

Se sometió a que sus enemigos lo insultaran y humillaran sin quejarse ni vengarse.

Y, finalmente, soportó los azotes y la vergüenza suprema de la cruz.  Sólo entonces se entregó voluntariamente a morir.  Con sus propias palabras:

“Nadie me la quita [la vida], sino que yo de mí mismo la pongo.  Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.  Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:18).

Él es la Resurrección y la Vida. (Véase Juan 11:25).

El poder que tenía Jesucristo de volver a vivir se debía a su condición de Hijo de Dios.  Y porque Él tenía la capacidad de vencer a la muerte, todo el género humano resucitará. “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19).

¡Con qué placer reverenciamos su nombre! Y también los sagrados títulos que describen sus logros.

Él es nuestro Gran Ejemplo.

Fue totalmente obediente a los deseos de nuestro Padre Celestial y nos mostró cómo podemos renunciar al mundo y mantener en perspectiva lo que tiene prioridad en nuestra vida.

Debido a su amor por nosotros, nos enseñó la manera de vencer nuestras debilidades y demostrar afecto, amor y caridad en nuestras relaciones humanas.

El es el Pan de la vida. (Véase Juan 6:35.)

Por medio del ayuno, la oración y el servicio al prójimo, demostró que “no sólo de pan vivirá el hombre” (Mateo 4:4), sino que debe nutrirse con la palabra de Dios.

Él “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15), y por lo tanto está capacitado para ayudar a los que son tentados (véase Hebreos 2:18).

Él es el Príncipe, de paz, el máximo Consolador. (Véase Isaías 9:6.)

Por consiguiente, tiene la capacidad de consolar el corazón angustiado y herido por la tristeza del pecado.  Él nos da una paz tan especial que no se compara con la que se puede obtener de una fuente mortal:

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.  No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Él es el Buen pastor. (Véase Juan 10:11.)

Posee todos los atributos de la naturaleza divina de Dios.  Es virtuoso, paciente, bondadoso, sufrido, cortés, dócil y caritativo.  Si somos débiles o nos falta alguna de estas cualidades, Él está dispuesto a fortalecernos y a compensar nuestra deficiencia.

Él es un Consejero admirable. (Véase Isaías 9:6.)

Realmente, no existe una condición humana que Él no pueda comprender, así sea el sufrimiento, la incapacidad, la deficiencia mental o física o el pecado, y su amor alcanza a todas las personas que se encuentran en ese estado.

Él nos ruega: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Él es nuestro Abogado, Mediador y Juez.

Debido a que es Dios, es perfectamente imparcial en cuanto a dispensar justicia y misericordia.  Puede simultáneamente defender nuestra causa y juzgar nuestro destino.

Tener fe en Él es más que reconocer que vive; es más que profesar una creencia.

Tener fe en Jesucristo consiste en confiar por completo en Él.  Por ser Dios, tiene infinito poder, inteligencia y amor.  No existe un problema humano que no tenga la capacidad de resolver.  Puesto que Él se sometió a todas las cosas (véase D. y C. 122:8), sabe cómo ayudarnos a dominar todas nuestras dificultades diarias.

Tener fe en Él quiere decir creer que no comprendemos todas las cosas, pero que Él sí las comprende.  Nosotros, por lo tanto, debemos elevar hacia Él todo pensamiento; no dudar y no temer (véase D. y C. 6:36).

Tener fe en Él quiere decir confiar en que Él tiene potestad sobre todos los hombres y todas las naciones.  No existe ningún mal que Él no pueda contrarrestar.  Todas las cosas están en sus manos.  Y esta tierra es un dominio que le pertenece. Él permite que exista la maldad para que podamos elegir entre el bien y el mal.

Su evangelio contiene la perfecta solución para todos los problemas humanos y sociales.

Pero su evangelio sólo surte efecto si lo aplicamos a nuestra vida; por lo tanto, “deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Por lo tanto, si no ponemos en práctica sus enseñanzas, no demostraremos tener fe en Él.

¡Cuán diferente sería el mundo si toda la humanidad hiciera lo que Él dice!: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente…”Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37,39).

¿Qué es entonces lo que se debe hacer en cuanto a los problemas y dilemas que acosan a la gente, a las comunidades y a las naciones?  He aquí una sencilla sugerencia:

“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender.

“Y además, creed que debéis arrepentiros de vuestros pecados, y abandonarlos, y humillaros ante Dios, y pedid con sinceridad de corazón que el os perdone; y ahora, si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis” (Mosíah 4:9-10; cursiva agregada).

“Los miembros de la Iglesia tienen la obligación de convertir en ideal suyo al Hijo del Hombre sin pecado, el único ser perfecto que jamás ha vivido sobre la tierra.

“El ejemplo más sublime de nobleza.

“Semejante a Dios en su naturaleza.

“Perfecto en su amor.

“Nuestro Redentor.

“Nuestro Salvador.

“El Hijo inmaculado de nuestro Padre Eterno.

“La luz, la vida, el camino” (David O. McKay, Guía de estudio personal del Sacerdocio de Melquisedec, 1979- 80, pág. 142.)

Yo lo amo con toda mi alma.

Con humildad testifico que Él es el mismo Señor compasivo y amoroso que era cuando caminaba por las polvorientas calles de Palestina.  Se mantiene cerca de sus siervos en esta tierra.  Él ama y se interesa por cada uno de nosotros.  De esto podéis estar seguros.

El vive hoy en día y es nuestro Señor, nuestro Maestro, nuestro Salvador, nuestro Redentor y nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga a todos para que creamos en Él, lo aceptemos, lo adoremos, confiemos plenamente en Él y sigamos su ejemplo, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

Jesucristo, el Hijo del Dios Viviente

10 mayo 2012

Elder John M. Madsen
De Los Setenta

El élder Madsen comparte su testimonio de Jesucristo y el Libro de Mormón, con una referencia especial de la visita de Cristo a José Smith hijo en el templo de Kirtland.

Mis queridos hermanos, siento un gozo inefable y gran gratitud por los acontecimientos tan importantes que tuvieron lugar en el Templo de Kirtland, en esta misma fecha, hace 157 años. Y. con humildad, quisiera rendir homenaje a mis padres, quienes me criaron “en disciplina y amonestación del Señor” (Enós 1:1).

Amo las palabras que el Señor ha dirigido a todos los que han sido escogidos y llamados para ir a predicar el evangelio en estos últimos días:

“… oh mis siervos… Sed de buen ánimo, pues, y ano temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os ampararé; y testificaréis de mí, sí, Jesucristo, que soy el Hijo del Dios viviente; que fui, que soy y que he de venir.” (D. y C. 68:5–6).

Todos aquellos que conocen y entienden la obra gloriosa de redención del Señor Jesucristo, y todos los que conocen de Su majestad, poder y promesas, entienden por qué deben ser de buen ánimo. Aquellos que han llegado a conocerle no sienten temor. Ellos elevan hacia El “todo pensamiento”, ellos no dudan ni temen (D. y C. 6:36). Ellos saben que El, el Señor Jesucristo, estará con ellos y les amparara (véase D. y C. 6:32; 29:4–7; 32:3; 84:87–88).

“Sed de buen ánimo, pues, y no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os ampararé;…”

Después de esta consoladora y sagrada promesa sigue una responsabilidad seria e igualmente sagrada, o sea, un mandamiento que no se puede pasar por alto:

“… y testificaréis de mi, si, Jesucristo, que soy el Hijo del Dios viviente; que fui, que soy y que he de venir” (D. y C. 68:6).

¿Por qué tenemos esa responsabilidad sagrada, ese mandamiento del Señor a Sus siervos? El Señor responde:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

“Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la exaltación y continuación de las vidas, y pocos son los que la hallan, porque no me recibís en el mundo ni tampoco me conocéis” (D. y C. 132:22).

“… Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Ninguna doctrina es más importante para comprender el plan de salvación que la doctrina que revela la verdadera personalidad y misión de Jesucristo

Pero, ¿cómo van a llegar a entender todas las naciones de la tierra la verdadera personalidad del Señor Jesucristo? Consideremos estas profecías:

• “… vendrá el día en que el conocimiento de un Salvador se esparcirá por toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Mosíah 3:20).

• “… Estos últimos anales [refiriéndose claramente al Libro de Mormón y a otras Escrituras de los últimos días]… manifestaran a todas las familias, lenguas y pueblos que el Cordero de Dios es el Hijo del Eterno Padre, y es el Salvador del mundo; y que es necesario que todos los hombres vengan a él, o no serán salvos” (1 Nefi 13:40).

• “Y justicia enviaré desde los cielos y la verdad haré brotar de la tierra para testificar de mi Unigénito; su resurrección de entre los muertos, sí, y también la resurrección de todos los hombres; y haré que la justicia y la verdad inunden la tierra como con un diluvio, a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra…” (Moisés 7:62).

El presidente Benson dijo claramente que “el Libro de Mormón es un instrumento que Dios ha elegido para ‘inundar la tierra como con un diluvio, a fin de recoger a [Sus] escogidos”‘ (Liahona, enero de 1989, pág. 4). No tenemos privilegio más sagrado ni responsabilidad más urgente y sagrada que la de dar testimonio de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Y no tenemos un instrumento más eficaz con el cual cumplir esta sagrada tarea que el registro que Dios ha preparado para ese propósito, y ese es nada menos que Libro de Mormón, Otro Testamento de Jesucristo! En sus páginas, así como en los otros libros canónicos de la Iglesia, la verdadera personalidad del Señor Jesucristo, en el pasado, el presente y el futuro, se revela y permanece para siempre.

En muchas naciones del mundo las salas de conciertos se llenan durante la época de la Navidad de personas que con reverencia y regocijo se ponen de pie y cantan las palabras triunfantes e inmortales de Isaías, acompañadas de la música del Mesías, de Händel:

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamara su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Pero, ¿quién es este “niño”? ¿Quién es este “hijo”? Y “¿De quién es hijo?” (Mateo 22:42.) ¿Quién es este “Dios fuerte, Padre eterno y Príncipe de paz” de quien habló Isaías? El Libro de Mormón… verifica y aclara … quien es El (A Witness and a Warning, Ezra Taft Benson, Salt Lake City, Deseret Book Company, 1988, pág. 13).

Él es Jesucristo, que nació en este mundo siendo el “Hijo Unigénito” (Jacob 4:5, 11; 2 Nefi 25:12, 19; Alma 5:48; 9:26; 12:33–34; 13:5) “de Dios”, “del Padre Eterno”, y el hijo de María “según la carne” (1 Nefi 11:18–24; 2 Nefi 2:4, 8; 31:7; 32:6; Mosíah 3:8).

Él es Jesucristo, el tan esperado “Mesías”, “el Salvador” y “Redentor del mundo” (1 Nefi 1: 19; 10:4–17; 15:13–14; 2 Nefi 2:6–10), “de quien los profetas testificaron” (3 Nefi 11:10; Mosíah 3:13; Helamán 8:13–23), que vino al mundo “para que la salvación llegue a los hijos de los hombres, mediante la fe en su nombre …” (Mosíah 3:9; 2 Nefi 31:2–21; Alma 32:21–43).

Él es Jesucristo, el “Cordero de Dios …” que “fue juzgado por el mundo … que fue levantado sobre la cruz” (1 Nefi 11:32–33) y “crucificado …” (1 Nefi 19:9–10, 13–15; 2 Nefi 6:9, 10:3–5; 25: 12–13; Mosíah 3:9; 15:7–9) para expiar “… los pecados del mundo” (Alma 34:8; 22:14; 33:22–23; Mosíah 3:11–18).

Él es Jesucristo, quien antes de descender del cielo para morar entre los hijos de los hombres Mosíah 3:5), fue nada menos que el gran Jehová” (Moroni 10:34; D. y C. 110:3–4; Abraham 1:16; 2:98), el “Dios de Abraham, y de Isaac, y el Dios de Jacob” (véase 1 Nefi.9:7–15; Mosíah 7:19–20; Helamán 8:13–23); “el Santo de Israel” (2 Nefi 6:9), quien dio “la ley” a Moisés cuando este estaba en el monte (3 Nefi 15:5).

Él es Jesucristo, “… el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio …” (Mosíah 3:8; 2 Nefi 9:6; Alma 11:39; 3 Nefi 9:15; D. y C. 38:1–3; 76:24), cuya “expiación infinita” (2 Nefi 9:5–10; 2:6–10; Alma 34:8–16; 36:17–18) trajo la resurrección de los muertos (véase 2 Nefi 9;10–13, 21:22; Jacob 4:11–12; Alma 11:42–45; 40–23; Helamán 14:15–19).

Él es Jesucristo, “el Juez Eterno de “vivos y muertos” (Moroni 10:34; 2 Nefi 2:9–10; 9:13–17, 41; Mosíah 3:10, 18; 3 Nefi 27:13–15; 28:31; Mormón 3:20–22).

Él es Jesucristo, “… el Señor Omnipotente, que reina, que era y que es de eternidad en eternidad…” (Mosíah 3:5).

“… oh mis siervos … Sed de buen ánimo, pues, y no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os ampararé; y testificaréis de mi, si, Jesucristo, que soy el Hijo del Dios viviente; que fui, que soy y que he de venir” (D. y C. 68:5–6).

Yo sé y doy testimonio de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, que fue y es el gran Jehová, el Salvador y Redentor del mundo. Sé que El expió los pecados del mundo y que resucitó con un cuerpo glorioso de carne y huesos. Doy testimonio de que Él vive y que pronto volverá a gobernar y reinar como “REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apocalipsis 19:16). Que podamos en verdad “inundar la tierra con el Libro de Mormón” (Ensign, nov. de 1988, pág. 5) para que todos los que vengan a El sean salvos, lo ruego en el nombre sagrado de Jesucristo. Amén.

Jesucristo, nuestro Redentor

10 mayo 2012

Élder Richard G. Scott
del Quórum de los Doce Apóstoles

¿En qué creen los mormones? El Élder Scott habla de la salvación que Jesucristo lleva a todo el que la acepte y, también, de guardar los mandamientos, algunas realizadas en los templos que Jesucristo ha revelado.

El Redentor te ama y te ayudará a lograr todo lo esencial que te brindara felicidad ahora y para siempre.

Hoy es el 6 de abril. En las Escrituras de nuestros tiempos esta registrado que Jesucristo nació en este día. Con humildad hablo de este glorioso Ser a quien cada uno de nosotros le debe tanto. Sé que lo que se enseña de Él en las Escrituras es verdad y empleare algunos pasajes para expresar mis sentimientos personales.

Pablo testifico que “habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”.

La eterna salvación, ¡que preciada es! Pero es preciso que le obedezcas para obtenerla. “… dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mi, aunque este muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente…”.

“Y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna…”

No morirás eternamente, tendrás la vida eterna; pero debes ser obediente y perseverar hasta el fin.

Testifico que el Señor vino “al mundo para salvar a todos los hombres, si estos escuchan su voz”; que El sufrió “los dolores de todos los hombres”; y que Él fue crucificado “a fin de que la resurrección llegue a todos los hombres, para que todos comparezcan ante el en el gran día del juicio”. Testifico que “Él manda a todos los hombres que se arrepientan y se bauticen en su nombre, teniendo fe perfecta en [El],… o no pueden ser salvos en el reino de Dios”. Arrepentirse, bautizarse y tener fe perfecta en El son algunos de los requisitos esenciales que se deben cumplir.

Sé que “no hay otra manera ni medio por los cuales el hombre pueda ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo”. Testifico que El expío “los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también”. Testifico que si no fuera por la expiación del Santo Redentor, las demandas de la justicia impedirían a toda alma nacida en la tierra retornar a la presencia de Dios para participar de Su gloria y exaltación, pues todos cometemos errores por los cuales no nos es posible apaciguar la justicia por nuestra cuenta. Testifico que si no fuera por la expiación infinita de Cristo, no podríamos volver a la presencia de Dios al morir, y que, como Jacob nos advirtió solemnemente, “nuestros espíritus… [estarían] sujetos [al]… diablo, para no levantarse más. Y nuestros espíritus [llegarían] a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, para ser separados de la presencia de nuestro Dios y permanecer con el padre de las mentiras, en la miseria…”.

Testifico que “la redención viene en el Santo Mesías… [a] todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer las demandas de la ley”. Este requisito absoluto de un “corazón quebrantado y un espíritu contrito” exige el ser sumiso, dócil, humilde (o sea, fácil de enseñar), y de disposición obediente. Finalmente, testifico: “cuán grande es la importancia de hacer saber estas cosas a los habitantes de la tierra, para que sepan que ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”.

Jesucristo poseía méritos que ningún otro hijo del Padre Celestial podía tener. Antes de nacer en Belén, Él era Jehová, un Dios. Su Padre no sólo le había dado el cuerpo espiritual sino que Jesús era también Su Unigénito en la carne. Nuestro Maestro llevó una vida perfecta y sin pecado, y por lo tanto, estaba libre de las demandas de la justicia. Él era y es perfecto en todo atributo, como el amor, la compasión, la paciencia, la obediencia, el perdón y la humildad. Su misericordia paga nuestra deuda con la justicia si nos arrepentimos y le obedecemos. Puesto que, aun con nuestros más arduos esfuerzos por obedecer Sus enseñanzas, todavía nos quedaremos cortos, por causa de Su gracia seremos salvos “después de hacer cuanto podamos”.

Aunque se nos ha privado de la memoria de ello, antes de venir a esta tierra vivíamos en la presencia de Dios el Eterno Padre y de Su Hijo Jesucristo. Prorrumpimos en exclamaciones de gozo cuando se nos dio el privilegio de venir a esta tierra para recibir un cuerpo y avanzar en el plan de Dios para nuestra felicidad; sabíamos que aquí se nos probaría, y teníamos la determinación de vivir con obediencia a fin de poder regresar a estar con nuestro Padre para siempre. Parte de esa prueba es tener aquí tantas cosas aparentemente interesantes para hacer que es posible que olvidemos los principales propósitos de estar acá; Satanás se esfuerza mucho por impedir que suceda todo lo esencial para lograr ese propósito.

El plan es en realidad muy sencillo si consideramos su naturaleza. El Señor nos ha dicho que estamos aquí para ser probados, para ver si seremos valientes y obedientes a Sus enseñanzas. Entre toda la gente de la tierra, tú tienes la mejor posibilidad de serlo, porque tienes acceso a la plenitud del Evangelio restaurado y a las enseñanzas del Salvador. En los momentos tranquilos cuando piensas en ello, reconoces lo que es y lo que no es de fundamental importancia en la vida. Ten sabiduría y no dejes que lo bueno tome precedencia sobre lo esencial.

¿Y qué es lo esencial? Tiene que ver con la doctrina; se centra en las ordenanzas y comprende convenios vitales. Esas ordenanzas son el bautismo y la confirmación para entrar en Su Iglesia y reino en la tierra; para los hombres, incluye también la ordenación digna al Sacerdocio de Melquisedec, y el honrarlo y emplearlo en el servicio a los demás. Para todo adulto, implica también todas las ordenanzas del templo, incluso la investidura personal; y abarca la ordenanza selladora del templo en la cual un hombre y su esposa se ligan de tal manera que, mediante la obediencia, puedan vivir juntos por esta vida y por toda la eternidad; si son fieles, los hijos nacidos de esa unión o sellados después a sus padres están unidos a ellos con amor y regocijo para siempre jamás. A fin de recibir todas las bendiciones del sacrificio expiatorio del Salvador, sólo se nos pide que seamos obedientes a Sus mandamientos y que recibamos todas esas ordenanzas esenciales. La Expiación no solamente nos ayuda a sobreponernos a los errores y a las transgresiones sino que también, en el debido tiempo del Señor, resolverá todas las desigualdades de la vida, todo lo que es injusto por ser consecuencia de las circunstancias o de las acciones de otras personas, y no de nuestras propias decisiones.

Aunque habrá quienes no lo entiendan o no estén de acuerdo, testifico que no es suficiente bautizarse y llevar después una vida aceptable evitando las transgresiones serias. El Señor ha decretado que es preciso recibir esos convenios y ordenanzas de los que he hablado para lograr la exaltación y la vida eterna. El ser digno de recibir las ordenanzas del templo significa que optaras por hacer lo que muchas personas del mundo no están dispuestas a hacer: santificaras el día de reposo, ejercerás la fe mediante el pago de diezmos y ofrendas, participaras con regularidad en los servicios de adoración de la Iglesia, darás servicio, y mostraras amor y aprecio por los de tu familia, ayudando a cada uno de ellos. Después de recibir las ordenanzas del templo, continuaras progresando al obedecer los convenios que habrás hecho y, con fidelidad, “persevera[rás] hasta el fin”.

No es difícil obedecer los mandamientos cuando lo haces voluntariamente y con “un corazón quebrantado y un espíritu contrito”. Cuando esos convenios se obedecen, nos brindan felicidad y gozo; le dan un propósito a la vida. El problema es cuando se usa el albedrío para tomar decisiones que no van de acuerdo con esos convenios. Reflexiona sobre lo que haces en tu tiempo libre, ese tiempo que tienes la libertad de controlar. ¿Te parece que lo concentras en aquello que tiene elevada prioridad y que es de mayor importancia aun sin darte cuenta, lo llenas constantemente con actividades triviales que no tienen valor duradero ni te ayudan a lograr el propósito por el cual viniste a la tierra? Piensan en la perspectiva futura, no sólo en lo que sucederá hoy o mañana. No renuncies a lo que mas anhelas en la vida por algo que ahora crees desear.

Lo esencial debe realizarse durante el periodo de probación en la tierra; se le debe dar la más alta prioridad; no debe sacrificarse por cosas de menor importancia, aun cuando sean buenas y de valor. Después de esta vida serás restablecido a lo que tú te hayas permitido llegar a ser acá. ¡Ah, si yo tuviera la capacidad de comunicarte la paz y la serenidad que se reciben al saber que tú y tu familia han recibido dignamente todas las ordenanzas salvadoras y estén obedeciendo con rectitud los convenios correspondientes!

Te exhorto con todas mis fuerzas a recibir todas las ordenanzas de salvación y a hacer todo lo posible por lograr que los demás miembros de tu familia las reciban antes de partir de esta tierra. En el ambiente del bien y del mal aquí en la tierra, con tu cuerpo mortal, puedes progresar mucho más rápidamente de lo que lo harás como un espíritu en el mundo de los espíritus. Comparado con la duración de una vida normal, no es mucho el tiempo que lleva recibir todas las ordenanzas esenciales para la exaltación. Requiere, si, diligencia, comprensión y obediencia; requiere que hagas todo lo posible, según tu capacidad, por merecer esas ordenanzas y por recibir todas las que puedas. Si hay razones por las cuales no te sea posible recibirlas todas, vive dignamente y no las desmerezcas por descuido, ni por indiferencia ni por falta de dignidad, y en Su debido tiempo y lugar, el Señor hará posible que recibas todas las bendiciones que Él ha prometido.

Sea o no tu intención hacerlo, cuando vives como si el Salvador y Sus enseñanzas fueran solo una de las muchas otras cosas importantes de tu vida, te encuentras claramente en camino hacia la desilusión y, posiblemente, hacia la tragedia. ¿Te parece sabio perder la felicidad eterna por cumplir sólo parte de los requisitos? Ruego que te sientas motivado a llevar a cabo ahora los cambios necesarios.

Si te has desviado hacia el terreno de la transgresión, te ruego que vuelvas; si te has dejado atraer por las cosas del mundo que te hayan hecho olvidar las de Dios, pon tus prioridades en orden; si no has recibido todas las ordenanzas esenciales, decídete ahora a hacer lo necesario para recibirlas.

¡Cuán agradecidos debemos estar por la Expiación que efectuó Jesucristo, nuestro Redentor, Jesucristo! Ella da a la vida plenitud y gozo si seguimos el modelo que se describe en este pasaje de las Escrituras:

“No obstante, ayunaron y oraron frecuentemente, y se volvieron mas y mas fuertes en su humildad, y mas y mas firmes en la fe de Cristo, hasta henchir sus almas de gozo y de consolación; si, hasta la purificación y santificación de sus corazones, santificación que viene de entregar el corazón a Dios”.

Testifico que “la remisión de los pecados [mediante la Expiación] trae la mansedumbre y la humildad de corazón y por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo, el cual Consolador llena de esperanza y de amor perfecto”. Testifico que Dios, tu Padre Eterno, te ama; que oye tus oraciones y las contestará. El Redentor te ama y te ayudará a lograr todo lo esencial que te brindara felicidad ahora y para siempre. Yo soy un testigo de Jesucristo. Sé que Él vive. En el nombre de Jesucristo. Amén.

En memoria de Jesús

10 mayo 2012

Por el Élder Robert D. Hales
del Quórum de los Doce Apóstoles

 El Élder Hales escribe un recordatorio a los jóvenes mormones sobre la expiación de Jesucristo, y las bendiciones que llegan al seguirlo.

Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16).

Robert D. Hales, “En memoria de Jesús”, revista Friend, Abril 1998, interior de la portada.

Había llegado el momento de terminar el ministerio de Cristo en la tierra. Era la temporada de Pascua. La gente estaba celebrando y regocijándose en la bondad de Dios por haber salvado a sus antepasados de las plagas que habían caído sobre Egipto en los tiempos de Moisés. Jesús había reunido a Sus apóstoles en el cenáculo para la última cena. Pronto iba a realizar Su sacrificio expiatorio para que todo el género humano – aquellos que vivieron antes de ese tiempo, aquellos que vivían en ese tiempo, y todos aquellos que aún no vivían en la tierra – fuera capaz de retornar a la presencia del Padre Celestial si se arrepentían de sus pecados y fueran obedientes a Sus mandamientos.

Para aquellos que vienen a Cristo y toman Su nombre sobre sí por medio del bautismo, hay una gran responsabilidad de ser dignos de participar cada semana en el sacramento de renovar sus convenios bautismales, de tomar Su nombre sobre sí, de renovar sus promesas de guardar Sus mandamientos, de recordarlo, conocerlo y comprender Su grandeza.

Cuando somos bautizados en Su nombre y siempre lo recordamos y guardamos Sus mandamientos, Él nos da la más grande bendición que puede darnos: la de siempre tener Su espíritu con nosotros. No estamos solos. Tenemos la luz de Cristo y el espíritu, para dirigirnos y guiarnos en  un mundo que por otro lado es muy oscuro y triste. La luz y la oscuridad no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Donde se encuentra la luz de Cristo, la oscuridad de Lucifer, Satanás; debe partir, derrotado.

Que podamos seguir a nuestro Salvador, Jesucristo y recordarle siempre en todo lo que hagamos y en todo lo que digamos – que podamos seguir Su luz y escoger lo correcto.

Acerca de Jesucristo

10 mayo 2012

Cerca del comienzo de lo que desde entonces se conoce como la era cristiana, el hombre Jesús, llamado el Cristo, nació en Belén de Judea. Los principales datos sobre su nacimiento, vida y muerte están tan bien atestiguados como para ser razonablemente indiscutible, estos  son hechos documentados, y son aceptados como auténticos en esencia por el mundo civilizado en general.

En cuanto a quién era y qué era allí hay desacuerdos de tal grado que divide las opiniones de los hombres,  esta divergencia de concepción y creencia es más pronunciada en aquellos asuntos a los que se concede la mayor importancia.

Los testimonios solemnes de millones de personas ahora fallecidas y de millones de personas que viven se unen en la proclamación de Él como divinidad, el Hijo del Dios viviente, el Redentor y Salvador de la raza humana, el Juez Eterno de las almas de los hombres, el Escogido y Ungido del Padre; en definitiva, el Cristo. Hay otros que niegan Su divinidad, mientras que otros exaltan las cualidades trascendentales de Su humanidad incomparable e inigualable.

Para el estudiante de historia este Hombre entre los hombres ocupa el primer lugar, sobre todo, y solo, como una personalidad directora en la progresión del mundo. La humanidad nunca ha producido un líder completo como él. Considerado solamente a Él como un personaje histórico único. A juzgar por el estándar de la estimación humana, Jesús de Nazaret es supremo entre los hombres por la razón de la excelencia de su carácter personal, la sencillez, la belleza y el valor verdadero de sus preceptos, y la influencia de su ejemplo y doctrina en el fomento de su carrera. A estas características distintas de grandeza del alma cristiana devota agrega un atributo que supera con creces la suma de todos los demás, la divinidad de origen de Cristo y la realidad eterna de su condición de Señor y Dios.

Su vida terrenal abarcó un período de treinta y tres años, y de ellos solo tres fueron empleados por Él como un maestro reconocido abiertamente que realizó las actividades de del ministerio público. Fue llevado a una muerte violenta antes de que Él hubiera logrado lo que ahora consideramos como la primera edad de madurez. Como un individuo fue conocido personalmente por unos cuantos, y su fama como un personaje del mundo se convirtió en general, sólo después de Su muerte.

La breve reseña de algunas de Sus palabras y obras se han conservado para nosotros, y este registro, fragmentario e incompleto que pueda ser, es justamente como el tesoro más grande del mundo. La historia más temprana y más extensa de su existencia mortal se manifiesta en la recopilación de escrituras conocidas como el Nuevo Testamento, de hecho, pero poco se dice de Él por los historiadores seculares de su tiempo. Pocas y cortas son las alusiones a lo hecho por los escritores bíblicos en el período inmediatamente siguiente al de su ministerio, se encuentra suficiente para corroborar la historia sagrada en cuanto a la actualidad y el período de la existencia terrenal de Cristo.

No hay biografía adecuada de Jesús como niño y hombre haya sido o puede ser escrito, por la razón que se basta a una plenitud de los datos que falta. Sin embargo, nunca el hombre vivió de los que más se ha hablado y cantado, ninguno quien se dedica una mayor proporción de la literatura mundial. Él es alabado por los cristianos, mahometanos y judíos, por escépticos y descreídos, por los más grandes poetas del mundo, filósofos, estadistas, científicos e historiadores.

(de James E. Talmage, Jesús el Cristo: Un estudio del Mesías y su misión de acuerdo con las Sagradas Escrituras antiguas y modernas)

Muchos cristianos no están seguros si los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días (mormones) son cristianos. La información en este sitio da testimonio de que los Santos de los Últimos Días son en realidad cristianos. El nombre de la Iglesia lo dice, y sus prácticas y creencias lo confirman.

Los Santos de los Últimos (Mormones) comparten testimonio de la Resurrección en medios sociales

9 abril 2012

Por Karen Trifiletti

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos días están compartiendo su testimonio del Salvador, su amor por Él, su conocimiento de Su Expiación, Crucifixión y Resurrección en línea en esta Pascua en una ola de medios sociales sin precedentes.

Los testimonios se publican en mormon.org, un sitio creado para compartir las creencias mormonas con amigos de todas las creencias. Les invitamos a dar una mirada y compartir y ampliar los testimonios que ven y leerlos con aquellos a quienes aman y aquellos de sus más amplias redes sociales, que el Salvador pueda ser honrado, glorificado y recordado en una manera especial en esta y todas las épocas.

La iniciativa en Internet, auspiciada por el sitio web Mormon.org, estará vigente el viernes, sábado y domingo, del 6 al 8 de abril de 2012. Los comentarios del Departamento Misional de la Iglesia explicaron que esta será una oportunidad única para que los mormones compartan su testimonio personal de Jesucristo con las personas de otras creencias.

Lea más acerca de la campaña en LDS.org.

Comparto mi propio testimonio aquí:

Continúo llegando a conocer a Cristo de formas que atesoro más que nada en esta vida aparte de mi propia familia y amigos. He llegado a conocer Su gracia––Su poder capacitador––que se aplica a todo lo que hago. Él es mi Salvador y pagó por mis pecados y sintió toda dolencia o afección como si fuera Suya. Me siento tan cerca de Él como me siento con el mejor amigo que jamás podría tener. Conversa conmigo a través de Su palabra, y cuando yo oro y escucho, me arrepiento, y crezco. Él marca mi camino. Él tiene un millón de maneras de deleitarme. Él va delante de mí. Él abre mis ojos a cosas que nunca vería por mí misma. Él colorea mi mundo, él me cambia. Él es mi tutor, Él envía ángeles para ministrarme. Encuentra cosas que he perdido. Él me abraza y Se revela a mí continuamente. Él me desafía, Él me alienta, Él me corrige. Él me da la sabiduría y la esperanza. Él me da señas. Él intercede por mí. Continuamente extiende Su alcance hacia mí, y extiende mi alcance de Él, mi comprensión de Su Expiación. Él ha derramado curación y bálsamo en momentos en que, de lo contrario, pude haber sido aplastada por la traición. Cuando me quedé sola en los convenios de mi matrimonio, Él llenó y llena el vacío. A través de Él y con Él, no tengo que hacerlo sola. Cuando mis hijos han estado, en cierto sentido, espiritualmente huérfanos, Él ha sido su Padre, Él lo ha compensado. Sé que Él vive y me conoce. Él sabe cuando me detengo en la calzada, cuando estoy sentada en mi cama, cuando estoy tratando de ordenar lo mejor de lo mejor para hacer en Su reino, cuando lucho por superar cosas, cuando quisiera ser mejor, a medida que me esfuerzo por la excelencia, cuando ruego por mis hijos, cuando Lo busco.

Y otra vez testifico que el Salvador vive. ¡Él ha resucitado! La muerte es sólo una puerta a la vida eterna, para los que le siguen. Testifico Él quiere ser encontrado. Doy testimonio de que todas las cosas dan testimonio de Él. Les envío mi amor de Jesucristo y mi gozo en mi relación con Él. Su Evangelio ha sido restaurado en nuestros días, y Su poder del sacerdocio está en la tierra, lo que significa que usted y yo tenemos acceso a Su presencia una vez más––en esta vida o en la próxima. Él vendrá otra vez. Sé que es verdad y doy testimonio de estas verdades en el nombre de Jesucristo.

¿Qué es la mano del Señor?

18 septiembre 2010

La Biblia a menudo hace referencia a la mano del Señor. Generalmente, esto se usa en manera metafórica para representar las interacciones de Dios con el hombre. Las interacciones a veces se describen como que son castigadoras debido a pecados, y otras veces, consoladoras o compensatorias en respuesta a un comportamiento valiente. (más…)

¿Por qué Jesucristo es llamado la Luz del Mundo?

28 febrero 2010

Jesús fue al templo durante la fiesta de los Tabernáculos. El templo estaba iluminado por cuatro candelabros muy grandes y su luz se podía ver desde una gran distancia. Aquí, Él rescató a la mujer de ser apedreada por adulterio y luego proclamó a aquellos que observaban el acontecimiento: “Yo soy la luz del mundo: aquel que me sigue no andará en oscuridad, sino que tendrá la luz de vida”.

La oscuridad, en un sentido spiritual, se refiere frecuentemente al pecado o a la confusión acerca de la verdad. Así como en la vida la oscuridad puede esconder maldad o distorsionar lo que es real, en el mundo espiritual, puede distorsionar la verdad o dificultar la visión o la comprensión de la verdad. Sin embargo, Dios creó tanto al día como a la noche, y Él no espera que nosotros vivamos en la oscuridad. Él desea que vivamos nuestras vidas en la luz, y esa luz viene del Salvador.

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