Archive for the ‘Acerca de Jesús’ Categoría

El bautismo de Jesús

10 mayo 2012

Para cumplir toda justicia por Liz Lemon Swindle

“Creemos que los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; Segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.  Este es el cuarto artículo de fe, que resume algunos de los principios más fundamentales del mormonismo.  Creemos que el bautismo es necesario para toda persona que desee entrar en el Reino de Dios.

El proceso del bautismo es simbólico.  La sumersión en el agua representa que la absolución de los pecados.  El bautismo hace que uno sea puro y limpio, libera a una persona del juicio de Dios por las acusaciones del pasado.  El bautismo también representa la muerte o el entierro y la resurrección como un nuevo ser.  Es el símbolo del nuevo nacimiento.  La persona literalmente nace otra vez de manera espiritual.

Ahora os digo que debéis arrepentiros y nacer de nuevo; pues el Espíritu dice que si no nacéis otra vez, no podéis heredar el reino de los cielos. Venid, pues, y sed bautizados para arrepentimiento, a fin de que seáis lavados de vuestros pecados, para que tengáis fe en el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo, que es poderoso para salvar y para limpiar de toda iniquidad (Alma 7:14)

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3)

Jesucristo enseñó con el ejemplo.  Los mormones intentan seguir el ejemplo de Cristo y ser como Él en todas las cosas.  Jesús le pidió a Juan el Bautista que lo bautizara en el río Jordán.  Juan no entendía por qué un ser perfecto tenía que ser bautizado.  Leemos en Mateo 3:15 que “nos conviene cumplir toda justicia”.  Jesucristo era un hombre sin pecado, pero aún así fue bautizado para sentar un precedente para sus seguidores.  Poco después del bautismo de Jesús, sus seguidores fueron bautizados.  Más tarde, José Smith reveló en 1829 a través de qué método y autoridad, las personas iban a ser bautizadas en los tiempos modernos.  Por medio de la revelación, el Señor ha dispuesto que sus discípulos, después de un verdadero arrepentimiento, deben ser bautizados por inmersión por una autoridad que posea el sacerdocio de Dios.

El bautismo humilla al hombre ante Dios.  El bautismo es un contrato entre Dios y el hombre. Si uno toma sobre sí el nombre de Jesús en todo momento y guarda Sus mandamientos, Él perdonará nuestros pecados y nos llevará a vivir en el cielo con Él.  El bautismo es una forma de mostrar nuestro compromiso con el Padre Celestial.  El bautismo nos permite declarar y mostrar públicamente nuestra devoción a Dios.  El bautismo es un símbolo de nuestro sacrificio y devoción a Dios.  Las Escrituras nos dicen que nos debemos bautizar para entrar en el reino de Dios.

Y cualquiera que crea en mí, y sea bautizado, éste será salvo; y son ellos los que heredarán el reino de Dios (3 Nefi 11:33).

Uno debe tener la debida autorización para bautizar.  Los mormones creen que sólo los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que poseen el Sacerdocio Aarónico tienen las llaves del bautismo.  Las llaves fueron entregadas por Juan el Bautista (que apareció como un ser resucitado) a José Smith, Jr. y Oliverio Cowdery cuando se restauró la Iglesia.  No cualquiera puede llevar a cabo bautismos.  El poder de bautizar viene del Señor.  En 3 Nefi 11:19-21, el Señor da a Nefi el poder de bautizar en Su nombre.  La autoridad debe ser válida, proveniente del Señor.

Con el fin de ser dignos del bautismo, hay que tener un testimonio fundamental de Jesucristo.  Uno debe comprometerse a seguir Sus enseñanzas y Su ejemplo.  La persona debe arrepentirse de sus pecados antes del bautismo.  Los bautismos en la Iglesia Mormona se realizan generalmente a la edad de ocho años, aunque las personas pueden ser bautizadas a cualquier edad después de los ocho años, que se llama la “edad de la responsabilidad”.  Los bautismos de los infantes no se llevan a cabo en la Iglesia Mormona ya que “los niños son incapaces de cometer pecado” (Moroni 8:4-23).

Jesús no sólo nos da la oportunidad de ser bautizados, sino que cuando somos bautizados y confirmados miembros de la Iglesia Mormona, podemos recibir el don del Espíritu Santo.  El Espíritu Santo es un miembro de la Trinidad y es un compañero constante.  Él nos puede guiar y ayudar a tomar decisiones sabias.  Él puede consolarnos cuando nos sentimos débiles y solos.  Después de que Jesús fuera bautizado, el Espíritu Santo se apareció en forma de una paloma para dar una sensación de amor y paz.

El principal objetivo del bautismo es llevar a las personas hacia Cristo.  A través del bautismo, se nos da el camino para volver a nuestro Padre Celestial ya que es la puerta al camino recto y estrecho que conduce a Su reino.

La Expiación de Jesús

10 mayo 2012

La expiación de Jesucristo es uno de los mejores regalos que se nos ha podido dar. El papel de Jesús en nuestras vidas es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. A través de la expiación, Jesucristo nos da una manera de arrepentirnos de nuestros pecados y volver a vivir con nuestro Padre Celestial en perfecto estado. A través de la expiación, el hombre puede encontrar la esperanza y la paz pues sabemos que cualquier dolor que sentimos ha sido sentido por nuestro Redentor y Salvador Jesucristo. Un testimonio de la expiación es una de las creencias mormonas.

El diccionario de inglés American Heritage define expiación como “enmienda o reparación hecha por un daño o equivocación”. Jesucristo era un hombre perfecto. Él estaba completamente libre de pecado. Sin embargo, fue crucificado. Él hizo enmiendas por nuestros daños y nuestras equivocaciones. Él pagó el precio por nuestros pecados. Fue literalmente una ofrenda a Dios por nosotros. La expiación de Jesucristo era parte del plan de Dios para el mundo, o el plan de salvación al que hacen referencia los mormones. Los mormones creen que Jesús se ofreció voluntariamente a ser el salvador del mundo en la pre-existencia.

Adán y Eva fueron enviados a la tierra y vivían en un estado de inocencia y perfección. Cuando Adán y Eva vivían en la tierra, la expiación no era necesaria porque no existía el pecado. Cuando Eva comió del fruto, el mundo se convirtió en un lugar imperfecto, lleno de pecado. Nos convertimos en sujetos al dolor, la enfermedad y la muerte. Para que nosotros pudiéramos tener la redención y la vida eterna, se requería una expiación infinita. El Padre Celestial se dio cuenta de que las personas son imperfectas y que van a cometer errores. Necesitamos ayuda en la tierra. No hay manera de que el hombre pueda regresar al Reino de Dios por su propia cuenta. Y no podemos ser perfectos por nosotros mismos. La intervención divina es necesaria. Sin la resurrección de Cristo, nosotros hubiéramos muerto en nuestros pecados y hubiéramos sido objetos de la misma suerte de Satanás.

La expiación esencialmente equilibra la justicia y la misericordia para lograr la salvación de la humanidad. Si pudiéramos arrepentirnos en cualquier momento o por cualquier cosa, sin sentir vergüenza o remordimiento, el sistema sería demasiado misericordioso. Si fuéramos castigados por cada mala acción, el sistema sería demasiado grave si tiene en cuenta únicamente la justicia. La expiación las equilibra perfectamente. A veces me pregunto si era necesario que Jesucristo padeciese una muerte tan terriblemente horrorosa. Se necesitaba que la sangre sea derramada por un hombre. Su sacrificio es lo que le da el significado a la expiación. Jesucristo pagó por Adán y Eva y por cada individuo.

Los mormones creen que no es solo a través de la expiación que nos podemos salvar. El tercer artículo de fe, de acuerdo con las creencias mormonas, dice: “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio”. La fe en Jesucristo no es suficiente. Es un comienzo. La fe en Jesucristo debe probarse a través de acciones y hechos. No es por la gracia de Jesús que nos podemos salvar. Para poder salvarnos, debemos entrar en un contrato con el Señor y hacer ciertos compromisos. Jesucristo dio Su vida para salvarnos. A la vez, Él espera que tengamos fe en Su nombre, nos arrepintamos, nos bauticemos y demos testimonio de Él a lo largo de nuestra vida. Tenemos mucho trabajo a fin de regresar al cielo. Por el contrario, ninguna cantidad de buenas obras pueden compensar el hecho de no tener un testimonio o la confianza en el Señor Jesucristo y Su expiación. La gracia y las obras son igualmente importantes.

El Señor es misericordioso con aquellos que no recibirán Su mensaje en esta vida. Después de la muerte, los que no escucharon Su mensaje en la tierra tendrán la oportunidad de escucharlo y aceptarlo o rechazarlo. Aquellos que lo aceptan vivirán con Él para siempre en el Reino de Dios.

El sacrificio de Jesús

10 mayo 2012

Los mormones creen que nadie ha hecho o hará un sacrificio más grande que Jesucristo.  Cuando Él murió en la cruz, tomó sobre Sí los pecados del mundo para que no tengamos que soportarlos solos.  Su sacrificio nos da la oportunidad de aceptarlo y vivir en el Reino de Dios para siempre.  Su sacrificio demostró una inmensa cantidad de amor por nosotros. En Juan 1:17 leemos que Jesús era el “Cordero de Dios” que fue enviado para salvarnos y ayudarnos a regresar a nuestro Padre Celestial.

Jesús también se sacrificó por la humanidad durante su ministerio terrenal.  Pasó la mayor parte de Su tiempo enseñando y sirviendo a los demás.  Él llevó Su vida de acuerdo a la voluntad de Dios, no Su propia voluntad.  Pasó mucho tiempo orando para que el Señor lo guíe y dirija, como la noche antes de dar el Sermón del Monte.  Su vida estaba centrada en las personas.  Visitó y cenó con diferentes tipos de personas, incluso con aquellos que eran marginados.  Él no discriminó y pudo ver la belleza en todos.  Jesús nunca buscó riqueza, abundancia o fama. Él no estuvo interesado en la búsqueda de emociones baratas.  En Lucas 10:38-42, Jesús nos aconseja a no preocuparnos por las posesiones materiales.  Él vivió una vida humilde porque sabía que las posesiones materiales no le darían satisfacción o cumplimiento.  Dirigió con la bondad, libre de ego.  Él estaba en armonía con lo que traería la verdadera felicidad en la vida.  Encontró satisfacción sirviendo a los demás y compartiendo el evangelio.  El Nuevo Testamento está lleno de relatos de Jesús Cristo bendiciendo y curando a los enfermos.  Durante todo Su ministerio terrenal se sacrificó por los demás.  A través de Jesús Cristo, aprendemos que la felicidad puede venir de sacrificarse por los demás y por Dios.

Su último sacrificio fue dar Su vida en la cruz.  Él pagó por los pecados del mundo.  Y nunca se quejó ni murmuró a pesar de que Él era un hombre perfecto y Su juicio era ilegal en muchos aspectos.  Imagine el dolor que sufrió cuando murió por nosotros en el Monte Calvario.  Jesucristo debe tener un amor perfecto para cada uno de nosotros para ser capaz de soportar tanto dolor por nosotros.

Como miembros de la Iglesia Mormona, nos esforzamos por seguir Su ejemplo todos los días.  Él demostró una perfecta fe en nuestro Padre Celestial.  Él hizo todo lo que se le pidió, incluso si requería dolor y agonía.  Hay veces que parece que se nos pide sacrificar mucho.  Como mormones, se nos pide asistir a las reuniones semanales de la Iglesia, pagar el diezmo y pasar tiempo sirviendo a los demás.  A veces, puede sentirse que el Señor nos pide demasiado.  Pero si seguimos el ejemplo de Cristo, nos damos cuenta de que nuestros sacrificios no son nada en comparación con lo que Cristo tuvo que soportar.  El Libro de Mormón testifica que la expiación es el mayor don que alguien nos puede dar. Debido a Su sacrificio, podemos vivir para siempre con Dios.

Jesús el Mesías Prometido

10 mayo 2012

Cómo leer las señales de los tiempos

Los que vivían cuando Él nació de María en Belén de Judea necesitaban un espíritu de inspiración para discernir las señales de los tiempos, para saber qué declaraciones proféticas describían su Primera Venida y qué expresiones la Segunda.  Su responsabilidad era escudriñar las Escrituras y buscar el Espíritu para que pudieran conocer y creer las verdades reveladas por Él en su dispensación.

Y aquellos de nosotros que ahora vivimos como mortales…necesitamos y buscamos el espíritu de la revelación para leer las señales de los tiempos, para saber cuándo vendrá de nuevo, para saber qué partes de la palabra revelada hacen referencia a la limpieza por el milenio de la tierra y cuáles tienen relación con la tierra en su estado celestial final.

Tenemos la ventaja de la retrospectiva ya que reflexionamos sobre las profecías mesiánicas y vemos su cumplimiento en el ministerio terrenal del Hijo de Dios entre los hombres.  Sus significados son claros, y su comprensión es cierta, porque los eventos previstos han ocurrido, porque su aplicación a estos eventos ha sido confirmada por la revelación de los últimos días, porque el espíritu de la interpretación se derramó sobre los santos gracias al Espíritu Santo de Dios.

En consecuencia, a medida que nos regocijamos en la eficacia y la virtud de la Expiación infinita y eterna que realizó Dios en una pasada dispensación, nosotros también buscamos, meditamos y oramos para saber cómo interpretar y aplicar la Sagrada Escritura en la presente dispensación.  Deseamos saber cómo leer los signos de nuestros tiempos, tal como ellos leyeron los suyos.

Deseamos conocer el regreso prometido de nuestro Señor a habitar entre nosotros, y al lado del espíritu de revelación y profecía, probablemente no hay mejor guía que conocer y entender las expresiones mesiánicas cuyo cumplimiento es ahora un asunto de segura realidad.  El saber cómo la Deidad ha tratado a los hombres es prever cómo va a seguir haciéndolo, porque Él es el mismo de ayer, hoy y siempre; y su curso es un giro eterno, y como Él ofreció bondad y gracia a los pueblos antiguos, también lo hará con nosotros, si andamos como lo ellos hicieron.  El hecho es que nadie puede comprender una futura Segunda Venida sin antes obtener un conocimiento de la Primera Venida.

En esta obra tendremos en cuenta el testimonio y las enseñanzas de los profetas sobre el Mesías Prometido: la Primera Venida de Cristo.  Este conocimiento sentará las bases para la comprensión de la vida que Él vivió entre los mortales y de su futuro regreso a reinar entre ellos durante el Milenio. (Bruce R. McConkie, The Promised Messiah: The First Coming of Christ - El Mesías Prometido: La Primera Venida de Cristo, p.3)

La misión de Jesús

10 mayo 2012

Millones de páginas se han escrito sobre la misión de Jesús.  En esta sección vamos a utilizar las palabras de muchos apóstoles y profetas que testificaron de Él y de Su misión.

Dos grandes misiones (por J. Reuben Clark,Jr., Behold the Lamb of God – He aquí el Cordero de Dios, p.3).

“Ahora, el Salvador, cuando pienso en Él, era tanto Creador como Redentor, en lo que a nosotros nos concierne.  La obra de la redención no se nos ha dado en mayor detalle de lo que se nos ha dado a conocer la Caída.  Me pregunto seriamente si podríamos entender la Caída o la Expiación, si nuestro Padre Celestial hubiese tenido a bien tratar de explicarnos los detalles, ya que no lo ha hecho.  Sabemos los grandes hechos.

Ahora en lo que a redención, la obra redentora del Salvador, se refiere, Él era el único responsable de eso.  Él hizo toda la obra de la redención.  Nosotros aparentemente, por lo que sabemos, no participamos en absoluto en él.

Pero la obra de redención fue un poco más allá de lo que conocemos como la Expiación.  A menudo me he maravillado ante la obra que el Salvador tuvo que hacer cuando vino aquí, y me parece que lo puedo describir la siguiente manera:

En primer lugar era su deber el hacer el sacrificio expiatorio.  Nadie, excepto él mismo podía hacer esto, hasta donde sabemos.

Pero Él tenía otras cosas que hacer, la mayoría de las cuales podía haber sido hecha por otra persona debidamente autorizada y facultada para ello por nuestro Padre Celestial.  Dirijo su atención a uno o dos de ellos.

Usted recordará que Adán estaba ofreciendo sacrificios al Señor, y el ángel vino y le preguntó por qué lo hacía, y le dijo que no sabía, excepto que el Señor le había mandado.  Entonces el ángel le dijo que el sacrificio que Adán estaba haciendo era simbólico del gran sacrificio que iba a ser realizado por el Unigénito en su debido tiempo.  Desde entonces hasta que vino el Salvador, el servicio religioso practicado en el pueblo de nuestro Padre Celestial fue en buena parte un ritual, y su base era el sacrificio de animales, aun cuando frutos de la tierra.

La venida del Salvador terminó con el sacrificio.  Él así lo ha declarado.  Su venida fue realmente el final de la adoración ritualista que el pueblo de Dios había seguido hasta ese momento.  El sacrificio de un corazón quebrantado.

La Iglesia original de Cristo

10 mayo 2012

Cristo organizó Su Iglesia en la tierra de tal modo que edificó a sus miembros y suplió sus necesidades. Algunas personas  notan las imperfecciones de las iglesias modernas y luego ellos deciden que quieren pertenecer a  una “religión organizada”. Sin embargo, ellos realmente quieren encontrar la mejor religión organizada sobre la tierra, una que esté organizada en tiempos modernos de la misma manera que Cristo organizó Su iglesia.

Hay un buen fundamento de la verdadera iglesia de Cristo, la iglesia debe ser fundada por Cristo mismo. Entonces como Cristo no puede personalmente permanecer sobre la tierra, la verdadera iglesia debe de ser guiada por Su dirección por medio de revelaciones hacia sus líderes. La cabeza de los apóstoles en la antigua iglesia fue Pedro. El tuvo dos consejeros, Santiago y Juan. Ellos constituyeron la “Primera Presidencia” de la iglesia.

Todos los antiguos apóstoles fueron profetas. Ellos recibieron inspiraciones, revelaciones y visiones directamente del cielo, que les ayudaban para enseñar la doctrina verdadera y resolver los problemas entre los miembros. Cuando los profetas y apóstoles reciben revelaciones, frecuentemente ellos son ordenados para escribir lo que el Señor les enseñó para el beneficio de los miembros. Las escrituras de los profetas pueden ser canonizadas por la iglesia, y luego convertirse en escrituras. Pero eso sí, las escrituras canonizadas son abiertas, porque los profetas son los que escriben allí. La escritura cerrada es una señal que la escritura fue terminada, y el hombre fue dejado sin dirección para sus preocupaciones modernas.

Segundo, Cristo confirió a los nuevos apóstoles la autoridad para actuar en Su nombre. Solo una iglesia en la tierra a la vez tendrá esta autoridad, y esa es la Iglesia de Jesucristo. Tal iglesia manifestará todos los dones del espíritu que sirva la posesión de esta autoridad. Donde todos los dones del espíritu se ponen de manifiesto, los milagros son comunes:

“Y Cristo ha dicho: Si tenéis fe en mí, tendréis poder para hacer cualquier cosa que me sea conveniente.   Y él ha dicho: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí, y sed bautizados en mi nombre, y tened fe en mí, para que seáis salvos.

“Y ahora bien, amados hermanos míos, si resulta que estas cosas de que os hablo son verdaderas, y en el postrer día Dios os mostrará con poder y gran gloria que son verdaderas, y si son verdaderas, ¿ha cesado el día de los milagros?  ¿O han cesado los ángeles de aparecer a los hijos de los hombres? ¿O les ha retenido él el poder del Espíritu Santo? ¿O lo hará, mientras dure el tiempo, o exista la tierra, o haya sobre la faz de ella un hombre a quien salvar?

 

“He aquí, os digo que no; porque es por la fe que se obran milagros; y es por la fe que aparecen ángeles y ejercen su ministerio a favor de los hombres; por tanto, si han cesado estas cosas, ¡ay de los hijos de los hombres, porque es a causa de la incredulidad, y todo es inútil!” (Moroni 7:33 – 37).

Cuando esta autoridad está presente, los convenios pueden ser atados en el cielo como lo son sobre la tierra. El poder y empoderamiento están disponibles para los miembros, no solo el poder de la Gracia de Dios a la salvación, sino el poder minuto a minuto para ayudar a los miembros a medida que ellos caminen en la vida. El evangelio tiene el propósito de sanar, dar paz y entendimiento.

En la primera iglesia de Cristo tuvieron un clero laico. Los apóstoles no fueron a una escuela en una escuela de divinidad. Con la excepción de Pablo, ellos tampoco fueron capacitados en la ley judía. Ellos fueron de todas las condiciones sociales y dirigieron la Iglesia por revelación directa de Dios.

La primera iglesia tuvo una estructura de arriba abajo que  posibilitó la comunicación y guía que se transmitió a las personas. Los apóstoles llamaron a 70 élderes  justo como Cristo había hecho (Lucas 10) para ayudarlos a administrar a miembros laicos. Los setenta llamaron a otros para administrar lugares más pequeños, y los miembros solo se servían unos a otros. La Biblia dice “no había pobres entre ellos”, por lo tanto realmente se  ayudaban entre ellos. La caridad es una fuerte característica de la verdadera iglesia:

“Y el Señor llamó SIÓN a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18).

“Y tenían en común todas las cosas; por tanto, no había ricos ni pobres, esclavos ni libres, sino que todos fueron hechos libres, y participantes del don celestial” (4 Nefi 1:3).

“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la hermandad, y en el partimiento del pan y en las oraciones. Y a toda persona le sobrevino temor, y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Y todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas; y vendían sus posesiones y sus bienes, y lo repartían a todos, según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:42-45).

El tener a un clero laico ayuda a prevenir la “superchería sacerdotal”, en la que una persona declarando tener iluminación o autoridad predica para obtener ganancias. En la mayoría de las iglesias modernas, el pastor, el sacerdote, o el evangelista es pagado. Su carisma o talento en dar sermones puede causar que su congregación crezca, haciéndole ganar más dinero. Con la invención de la televisión, se puede llegar a las personas en lugares vastos y lejanos, y también pueden pagar al evangelista, algunas veces muy bien. Esta no fue la manera en que los apóstoles  y setentas originales trabajaron.

“Y después de estas cosas, el Señor designó a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de sí a toda ciudad y lugar a donde él había de ir. Y les dijo: La mies a la verdad es mucha, pero los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id, he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja ni calzado; y a nadie saludéis por el camino” (Lucas 10:1-4).

Cielo y Tierra

Tan extraño como pueda parecer hoy en día, el Señor siempre ha estado deseoso de establecer una conexión vibrante entre la iglesia celestial y terrenal. Cuando las personas son justas, los ángeles, y el Señor son capaces de caminar entre ellas, como el Señor lo hizo con Adán y Eva en el jardín del Edén, y como Elías y Moisés lo hicieron con los apóstoles en el Monte de la Transfiguración. Nosotros no deberíamos asombrarnos, entonces, de que José Smith recibiera  poder, autoridad e instrucciones de mensajeros celestiales, quienes tuvieron las llaves a diferentes dispensaciones y sacerdocios. José Smith recibió el sacerdocio Aarónico de Juan el bautista, y el sacerdocio mayor de Melquisedec de los resucitados Pedro, Santiago y Juan. El recibió el Libro de Mormón grabado en planchas de metal de Moroni resucitado, el último profeta que las tuvo. Él recibió el poder sellador de Elías, y las llaves para la congregación de Israel de Moisés. Este es todo en orden perfecto,  el orden de la iglesia celestial y terrenal.

No es por accidente que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días esté organizada exactamente como la iglesia original de Cristo, con apóstoles, setentas, etc. Tiene la autoridad investida por Cristo mismo. El Salvador dirige la Iglesia mediante constantes revelaciones a los profetas y apóstoles.  Tiene un clero laico, un sacerdocio vibrante, el poder para realizar milagros diarios en las vidas de sus miembros. Es la iglesia de Cristo sobre la tierra

Vida Eterna en Jesucristo

10 mayo 2012

Elder John M. Madsen, de los Setenta

 

El Elder Madsen testifica de la salvación de Cristo y Su centralidad para la religión mormona. Él habla de los muchos testimonios dados de Él en los libros mormones de escritura.

“Para conocer al Señor Jesucristo, nosotros y toda la humanidad debemos recibirlo. Y para recibirlo, debemos recibir a Sus siervos”.

John M. Madsen, “Vida eterna en Cristo Jesús”, Liahona, mayo de 2002, pág. 78

Hace casi dos mil años, un joven rico, hizo una pregunta sumamente importante al Salvador: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16).

“Oyendo” las instrucciones del Salvador y Su tierna invitación “ven y sígueme” (Mateo 19:21), el joven rico “se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Mateo 19:22).

Trágicamente, millones de personas hoy en día aún valoran y prefieren “las riquezas de la tierra”, en vez de “las riquezas de la eternidad” (D. y C. 38:39), sin saber o comprender totalmente que “rico es el que tiene la vida eterna” (D. y C. 6:7; cursiva agregada), y quela vida eterna es el don más grandioso que Dios da al hombre (véase D. y C. 14:7). En pocas palabras, la vida eterna es vivir para siempre como familias en la presencia de Dios (véase D. y C. 132:19–20, 24, 55).

En Su grandiosa oración intercesora, el Salvador da a la humanidad la clave para obtener la vida eterna: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Pero, ¿cómo puede el hombre llegar a conocer al único Dios verdadero?

El Salvador responde: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Testifico que la única manera mediante la cual nosotros y toda la humanidad podemos venir a nuestro Padre Celestial y conocerlo, y de ese modo obtener la vida eterna, es venir al Señor Jesucristo y conocerlo.

Pero, ¿quién es Jesucristo, para que debamos ir a él y conocerlo? No creo que exista un resumen más maravilloso en cuanto a la identidad y el papel del Señor Jesucristo que la declaración que hizo la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce, intitulada “El Cristo Viviente: El Testimonio de los Apóstoles”, del cual cito lo siguiente:

“[Jesucristo] fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue el Creador de la tierra. . .

“. . . Él dio Su vida para expiar los pecados de todo el género humano. . .

“. . . Él fue el Primogénito del Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo.

“Se levantó del sepulcro para ser las ‘primicias de los que durmieron’ (1 Corintios 15:20). Como el Señor Resucitado. . . ministró entre Sus ‘otras ovejas’ (Juan 10:16) en la antigua América. . . Él y Su Padre aparecieron al joven José Smith, iniciando así la largamente prometida ‘dispensación del cumplimiento de los tiempos’ (Efesios 1:10). . .

“. . . Su sacerdocio y Su Iglesia han sido restaurados sobre la tierra, ‘edificados sobre el fundamento de. . . apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo’ (Efesios 2:20).

“. . . algún día Él regresará a la tierra. . . [y] regirá como Rey de reyes y reinará como Señor de señores. . . Todos nosotros compareceremos para ser juzgados por Él.

“. . . Sus apóstoles debidamente ordenados [testifican] que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios. Él es el gran Rey Emanuel. . . Él es la luz, la vida y la esperanza del mundo” (“El Cristo Viviente”, Liahona, abril de 2000, pág. 2).

Es algo maravilloso y absolutamente esencial saber quién es el Señor Jesucristo.

Pero de nuevo, testifico que la única manera mediante la cual nosotros y toda la humanidad podemos venir a nuestro Padre Celestial y conocerlo, y de ese modo obtener la vida eterna, es venir al Señor Jesucristo, y conocerlo.

¿Qué significa conocer al Señor Jesucristo, y cómo podemos llegar a conocerlo?

El Salvador responde: “. . . estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la exaltación y continuación de las vidas, y pocos son los que la hallan, porque no me recibís en el mundo ni tampoco me conocéis.

“Mas si me recibís en el mundo, entonces me conoceréis. . .” (D. y C. 132:22–23).

¿Podemos verdadera y plenamente comprender Sus palabras? “. . . si me recibís” a mí, al Gran Jehová, al Mesías, al creador de la tierra, al Salvador y al Redentor del mundo, al Hijo inmortal de Dios; “. . .si me recibís. . .entonces me conoceréis” (D. y C. 132:23; cursiva agregada).

Para conocer al Señor Jesucristo, nosotros y toda la humanidad debemos recibirlo. Y para recibirlo, debemos recibir a Sus siervos (véase Mateo 10:40; D. y C. 1:38; 68:8–9; 84:36; 112:20).

Para recibirlo, debemos recibir la plenitud de Su Evangelio, Su convenio sempiterno, incluso todas esas verdades o leyes, convenios y ordenanzas que la humanidad necesita para entrar de nuevo en la presencia de Dios (véase D. y C. 39:11; 45:9; 66:2; 76: 40–43; 132: 12; 133:57).

Para recibirlo, los fieles hijos de Dios deben recibir Su sacerdocio y magnificar sus llamamientos (D. y C. 84:33–35).

Pero, al final, para recibirlo y conocerlo, nosotros, al igual que toda la humanidad, debemos hacer lo que nos exhorta Moroni: “. . . venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32; cursiva agregada). En otras palabras, debemos venir a Cristo y esforzarnos por “llegar a ser” como Él es (véase Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, pág. 40).

El Señor resucitado dijo: “¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). El significado de la palabra habéis como la utilizó en Su pregunta: “. . .qué clase de hombres habéis de ser” es de vital importancia para entender Su respuesta: “. . .aun como yo soy”. La palabra habéis significa “ha de ser necesario” o “tenéis el deber o la obligación moral” (véase también Lucas 24:26); lo que sugiere, como lo confirman las Santas Escrituras, antiguas y modernas, que es “necesario” que estemos “obligados” como si fuese por convenio “a ser” como Él declaró: “aun como yo soy” (3 Nefi 27:27; véase también 3 Nefi 12:48; Mateo 5:48; 1 Juan 3:2; Moroni 7:48).

Ruego que pronto llegue “el día en que el conocimiento de un Salvador se [esparza] por toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Mosíah 3:20; véase también Moisés 7:62; Isaías 11:9), que todos los que tengan el deseo, lo reciban a Él, sí, al Señor Jesucristo, y que le conozcan, para que puedan venir a nuestro Padre Celestial y conocerle, y así obtener la vida eterna, en el nombre de Jesucristo. Amén.

El Cristo Viviente

10 mayo 2012

En enero del 2000, el presidente Mormón, Gordon B. Hinckley y el Quórum de los Doce Apóstoles publicó este testimonio de Jesucristo para todo el mundo para conmemorar el nacimiento de Jesús hace 2000 años. Se ha publicado en docenas de idiomas y dado a líderes predominantes a través del mundo para testificar de la realidad y la misión de Jesucristo, la misión de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (La Iglesia Mormona), y para compartir este testimonio con todo el mundo.

El Cristo Viviente

El Testimonio de los Apóstoles La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Al conmemorar el nacimiento de Jesucristo hace dos milenios, manifestamos nuestro testimonio de la realidad de Su vida incomparable y de la virtud infinita de Su gran sacrificio expiatorio. Ninguna otra persona ha ejercido una influencia tan profunda sobre todos los que han vivido y los que aún vivirán sobre la tierra.

Él fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue el Creador de la tierra. “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3). Aun cuando fue sin pecado, fue bautizado para cumplir toda justicia. Él “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38) y, sin embargo, fue repudiado por ello. Su Evangelio fue un mensaje de paz y de buena voluntad. Él suplicó a todos que siguieran Su ejemplo. Recorrió los caminos de Palestina, sanando a los enfermos, haciendo que los ciegos vieran y levantando a los muertos. Enseñó las verdades de la eternidad, la realidad de nuestra existencia premortal, el propósito de nuestra vida en la tierra y el potencial de los hijos y de las hijas de Dios en la vida venidera.

Instituyó la Santa Cena como recordatorio de Su gran sacrificio expiatorio. Fue arrestado y condenado por acusaciones falsas, se le declaró culpable para satisfacer a la multitud y se le sentenció a morir en la cruz del Calvario. Él dio Su vida para expiar los pecados de todo el género humano. La Suya fue una gran dádiva vicaria en favor de todos los que habitarían la tierra.

Testificamos solemnemente que Su vida, que es fundamental para toda la historia de la humanidad, no comenzó en Belén ni concluyó en el Calvario. Él fue el Primogénito del Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo.

Se levantó del sepulcro para ser las “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Como el Señor Resucitado, anduvo entre aquellos a los que había amado en vida. También ministró entre Sus “otras ovejas” (Juan 10:16) en la antigua América. En el mundo moderno, Él y Su Padre aparecieron al joven José Smith, iniciando así la largamente prometida “dispensación del cumplimiento de los tiempos” (Efesios 1:10).

Del Cristo Viviente, el profeta José escribió: “Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas, sí, la voz de Jehová, que decía:

“Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre” (D. y C. 110:3-4).

De Él, el Profeta también declaró: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22-24).

Declaramos en palabras de solemnidad que Su sacerdocio y Su Iglesia han sido restaurados sobre la tierra, “edificados sobre el fundamento de… apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20).

Testificamos que algún día Él regresará a la tierra. “Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá” (Isaías 40:5). Él regirá como Rey de reyes y reinará como Señor de señores, y toda rodilla se doblará, y toda lengua hablará en adoración ante Él. Todos nosotros compareceremos para ser juzgados por Él según nuestras obras y los deseos de nuestro corazón.

Damos testimonio, en calidad de Sus apóstoles debidamente ordenados, de que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios. Él es el gran Rey Emanuel, que hoy está a la diestra de Su Padre. Él es la luz, la vida y la esperanza del mundo. Su camino es el sendero que lleva a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero. Gracias sean dadas a Dios por la dádiva incomparable de Su Hijo divino.

Tan solo con pensar en ti

10 mayo 2012

Presidente Howard W. Hunter

Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

Howard W. Hunter, el entonces presidente de la Iglesia Mormona, habla de la importancia de tener a Cristo en el centro de nuestra vida. También habla de respetar a Cristo y compartir Su mansedumbre como partes importantes de la fe mormona.

Este día domingo es el que tradicionalmente el mundo llama Domingo de Ramos. Es el aniversario de la importante ocasión ocurrida hace casi dos mil años, cuando Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, inicio Su declaración póstuma sobre Su divinidad, entrando en la Ciudad Santa como el Mesías prometido

Cabalgando sobre una asna, en cumplimiento de la antigua profecía de Zacarías (véase Zacarías 9:9), se dirigió al templo a través de un corredor formado por la alegre multitud que ponían hojas de palmeras, ramas florecidas y algunos hasta sus mantos para adornar el camino del rey. Él era Su rey y ellos sus discípulos. “¡Hosanna al Hijo de David!”, gritaban. “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mateo 21:9)

Por supuesto que ese sendero tan amorosamente arreglado conduciría más tarde al aposento alto y luego a Getsemaní.  Después de detenerse en el hogar de Anás, en la corte de Caifás y en el cuartel general de Pilato, lo conduciría, por supuesto, al Calvario.  Pero no terminaría allí. El sendero lo llevaría a la tumba en el jardín y a la hora triunfal de la resurrección que celebramos anualmente el Domingo de Pascua, dentro de una semana.

En esta hermosa época del año, en el despertar anual del hemisferio norte, cuando el mundo se renueva, florece y se vuelve fresco y verde nuevamente, en forma instintiva pensamos en Jesucristo, el Salvador del mundo, el Redentor del género humano, la fuente de luz, y de vida y de amor.

A modo de un mensaje de Domingo de Ramos y de Pascua de Resurrección, elegí para mi breve discurso esta mañana la letra de un antiguo y sagrado himno que se le atribuye a Bernard de Clairvaux y que se supone data de hace 900 años. Junto al resto del mundo cristiano, los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cantan reverentemente:

Tan solo con pensar en ti

Me lleno de solaz,

Y por tu gracia, oh Jesús,

Veré tu santa faz

En Domingo de Ramos, y en Pascua de Resurrección la próxima semana, en forma muy natural nos ponemos a pensar en Jesucristo. De hecho, durante la Pascua, al igual que la Navidad, son las únicas veces en todo el año en que algunos de nuestros hermanos del rebano cristiano encuentran su camino hacia la iglesia. Eso es admirable, pero nos preguntamos si los pensamientos de Jesucristo que nos llenan “de solaz” el corazón, no deberían ser mucho más frecuentes y constantes en todo momento y en toda etapa de nuestra vida. ¿Cuán a menudo pensamos en el Salvador? ¿Con cuanta profundidad y con cuánto agradecimiento y con cuánta adoración reflexionamos sobre Su vida? ¿Cuán importante es Él en nuestra vida?

Por ejemplo, ¿qué parte de un día normal, de una semana de trabajo o de un pasajero mes dedicamos a “tan solo pensar en Él”? Quizás no lo suficiente en el caso de algunos de nosotros.

Con toda seguridad la vida sería más tranquila, los matrimonios y las familias más fuertes, y ciertamente los vecindarios y las naciones serían más seguros y amables y más constructivos si nuestro pecho se llenara con más de ese “solaz” del Evangelio de Jesucristo.

A menos que pongamos más atención a los pensamientos de nuestro corazón, me pregunto qué esperanza tenemos de merecer esa grata alegría, esa dulce recompensa: el cantar algún día “Jesús, veré tu santa faz”.

A todo momento y en toda época del año (no solo durante la Pascua de Resurrección), Jesús nos pregunta, a cada uno de nosotros, como lo hizo luego de Su triunfante entrada en Jerusalén hace ya muchos años: “¿Que pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?” (Mateo 22:42)

Nosotros declaramos que es el Hijo de Dios y que la realidad de ese hecho debería llenar nuestra alma con mayor frecuencia, y espero que así sea durante esta época de Pascua y siempre.

Jamás el hombre oirá

tan melodioso son

como tu nombre, oh Jesús;

tu das la salvación.

como tu nombre, oh Jesús

tu das la salvación

Testificamos, como lo hicieron los antiguos profetas y apóstoles, que el nombre de Cristo es el único nombre dado bajo los cielos por el cual el hombre, la mujer o los niños pueden salvarse.  Es un nombre bendecido, un nombre clemente, un nombre sagrado. En verdad, “jamás el hombre oirá tan melodioso son como tu nombre, oh Jesús”.

Pero así como debemos pensar en el nombre de Cristo más a menudo, y usarlo en forma más sabia y mejor, cuan trágico es saber y cuanto dolor nos causa cuando se rebaja el nombre del Salvador de la humanidad al usarlo entre profanidades.

En esta época de Pascua, cuando se nos recuerda nuevamente todo lo que Cristo ha hecho por nosotros y que dependemos de Él para Su gracia redentora y resurrección personal, y cuan singular es Su nombre para eliminar la maldad y la muerte y salvar al género humano, ruego que todos nosotros respetemos y reverenciemos Su santo nombre y, en forma cordial y amable, recomendemos a los demás a que hagan lo mismo. Junto a este hermoso himno como recordatorio, elevemos el uso del nombre de la Deidad a la altura sagrada y amorosa que merece, y que a la vez se nos ha mandado.

Así como en los tiempos antiguos, en nuestros días Cristo ha declarado: “… cuídense todos los hombres de cómo toman mi nombre en sus labios… Recordad que lo que viene de arriba es sagrado, y debe expresarse con cuidado y por constreñimiento del Espíritu” (D. y C. 63; 61, 64).

Amamos el nombre de nuestro Redentor, y ruego que lo redimamos del mal uso a su noble y recta posición

El de sumiso corazón

en ti perdón tendrá.

Al pecador que vuelva a ti,

la redención darás.

¡Qué hermosa estrofa y qué mensaje de esperanza, basado en el evangelio de Jesucristo! ¿Hay alguien entre nosotros, cualquiera sea su condición en la vida, que no necesite perdón y redención? Estas son las necesidades universales del ser humano, y son las promesas de Cristo a Sus seguidores. En esta estrofa, se da la esperanza a todos los de “corazón sumiso” y gozo “al pecador que vuelva a ti”.

El arrepentimiento tiene precio: nos cuesta el orgullo y la insensibilidad, pero en especial, nos cuesta el pecado. Porque, como lo supo el padre del rey Lamoni hace veinte siglos, este es el precio de nuestra esperanza. “¡Oh Dios!”, clamó, “… ¿te darías a conocer a mi?, y abandonare todos mis pecados para conocerte,… para que sea levantado de entre los muertos y sea salvo en el postrer día” (Alma 22:18). Cuando nosotros también estemos deseosos de dejar todos nuestros pecados para conocerlo y seguirlo, nosotros, también, estaremos llenos con la esperanza de la vida eterna

“¿Y qué pasará con el sumiso? En un mundo muy preocupado por ganar a toda costa, que se vale de la intimidación para llegar a ser siempre el primero, no son muchos los que se ponen en una línea para comprar un libro que recomiende ser mas sumisos.  Sin embargo, el manso heredará la tierra, una corporación bastante impresionante, ¡y lo hará sin intimidación! Tarde o temprano, y rogamos que sea temprano y no tarde, todos reconocerán que el camino de Cristo no sólo es el camino correcto, sino que a la postre el único camino de esperanza y gozo. Toda rodilla se doblara y toda lengua confesara que la caballerosidad es mejor que la brutalidad, que la bondad es mayor que la coerción, que la voz apacible aleja la ira. Al final, lo antes posible, debemos ser más como Él. “¡Al pecador que vuelva a ti, la redención darás!”

Permítanme terminar mis palabras como lo hizo el autor de ese antiguo himno:

Sé nuestro gozo, oh Jesús;

del nulo ten piedad;

danos tu gloria celestial

por la eternidad.

Esta es mi oración personal y mi deseo para todo el mundo en esta mañana. Testifico que Jesús es la única fuente de felicidad duradera, que nuestra única paz duradera yace en Él. Es mi deseo que todos recibamos Su “gloria celestial”, la gloria que cada uno anhela en forma individual y la única recompensa que será de valor eterno para los hombres y las naciones. Él es nuestra recompensa durante toda la eternidad; cualquier otra es vana; cualquier otra grandeza se desvanece con el tiempo y se disuelve con los elementos. Al final, al igual que durante esta semana de Pascua, nunca sentiremos un verdadero gozo, salvo el que recibimos de Cristo.

En esta sagrada época del año, llena con la promesa de una vida renovadora, seamos seguidores más devotos y disciplinados de Cristo. Apreciémoslo en nuestros pensamientos y pronunciemos Su nombre con amor. Arrodillémonos ante Él siendo sumisos y misericordiosos. Bendigamos y sirvamos a otros para que ellos puedan hacer lo mismo.

Sé nuestro gozo, oh Jesús;

del malo ten piedad;

danos tu gloria celestial

por la eternidad.

En el nombre de Jesucristo. Amén

Jesús el Cristo: Nuestro Maestro y Más

10 mayo 2012

Por el Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Él Élder Nelson habla de lo que las creencias mormonas nos enseñan sobre el papel y la misión de Jesucristo – qué verdades nos han sido restauradas en las creencias mormonas.

Mi pasión de toda una vida dedicada al corazón humano dio un giro inesperado en abril de 1984, cuando fui llamado a dejar el quirófano del hospital para entrar en el cuarto superior del Templo de Salt Lake, donde fui ordenado Apóstol del Señor Jesucristo. Yo no busqué este llamamiento, pero me he esforzado humildemente por ser digno de la confianza y del privilegio que es el ser Su representante, pues ahora espero poder enmendar los corazones espiritualmente, como antes lo había hecho en la sala de operaciones.

Al ser una persona que ha sido llamada, sostenida y ordenada como uno de los quince testigos especiales de nuestro Señor y Maestro, sigo este lema vital del Libro de Mormón: “…hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, y profetizamos de Cristo.”(2 Nefi 25:26)

Le honramos como a la persona más importante que haya vivido sobre el planeta Tierra. Él es Jesús el Cristo, nuestro Maestro y más. Tiene numerosos nombres, títulos y responsabilidades, todos ellos de significado eterno. En las páginas asignadas para este artículo no podríamos considerar ni comprender en su plenitud todas las facetas importantes de Su vida, mas por el momento me gustaría repasar, aunque fuese de manera breve, diez de esas importantes responsabilidades, no queriendo con ello dar a entender orden alguno de prioridad, pues todo lo que Él hizo tuvo una importancia divina por igual.

Creador

Bajo la dirección del Padre, Jesús tuvo la responsabilidad de ser Creador. Su título fue el Verbo. En el griego del Nuevo Testamento, la palabra Verbo era Logos, que significaba palabra o expresión. Se trataba de otro nombre para el Maestro. Esa terminología puede parecernos extraña, pero es apropiada. Empleamos palabras para expresarnos. Así que Jesús era el Verbo, o la expresión, de Su Padre para todo el mundo.

 

El Evangelio de Juan proclama que Cristo es el Creador de todas las cosas: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”(Juan 1:3; vea también D y C 93:21)

La responsabilidad de Jesús como Creador de muchos mundos se ve afirmada en la revelación moderna:

 “así que, en el principio era el Verbo, porque él era el Verbo, sí, el mensajero de salvación,la luz y el Redentor del mundo; el Espíritu de verdad que vino al mundo, porque el mundo fue hecho por él, y en él estaban la vida y la luz de los hombres.”

Los mundos por él fueron hechos, y por él los hombres fueron hechos; todas las cosas fueron hechas por él, mediante él y de él. (D y C 93:8-10; vea también 1 Corintios 8:6; Hebreos 1:2; 2 Nefi 9:5; 3 Nefi 9:15; D y C 76:23-24; D y C 88:42-48; D y C 101:32-34)

El libro de Helamán registra un testimonio similar al declarar que Jesucristo es… el Creador de todas las cosas desde el principio. Otra cita aclaratoria procede de Dios el Señor que le dijo a Moisés: Para mi propio fin he hecho estas cosas…

Y las he creado por la palabra de mi poder, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.

Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado.” (Moisés 1:31-33).

Este santo Creador hizo posible que cada uno de nosotros tuviera un cuerpo físico, uno que fuera único y original para cada persona pero a la vez similar, en muchos aspectos, al de todo otro cuerpo humano. Del mismo modo que un músico bien educado reconoce al compositor de una sinfonía debido al estilo y a la estructura de la misma, así también un cirujano bien instruido puede reconocer al Creador del ser humano por el parecido con el estilo y la estructura de nuestra anatomía. Dejando a un lado las diferencias individuales, este parecido nos proporciona la evidencia adicional, así como una profunda confirmación espiritual de nuestra creación divina por un mismo Creador, y realza nuestro entendimiento de la relación que tenemos con Él:

 “De modo que los Dioses descendieron para organizar al hombre a su propia imagen, para formarlo a imagen de los Dioses, para formarlos varón y hembra.

Y dijeron los Dioses: los bendeciremos.” (Abraham 4:27-28)

En verdad, ellos nos han bendecido a cada uno de nosotros. Nuestros cuerpos pueden repararse y defenderse por sí mismos, generando células nuevas que reemplacen a las viejas. Nuestros cuerpos llevan en su interior la simiente que permite la reproducción del ser humano, conservando nuestras características únicas e individuales. No es de extrañar que nuestro Creador sea también conocido como EL GRAN MÉDICO (vea Mateo 9:12), capaz de sanar a los enfermos (vea 3 Nefi 9:13; D y C 35:9; D y C 42:48-51), restaurar la vista a los ciegos (vea Juan 9:1-11), abrir los oídos de los sordos (vea Isaías 35:5; 3 Nefi 26:15) y levantar a los muertos (vea Mateo 9:23-26; Juan 11:5-45). En éstos, los últimos días, Él ha revelado un código de salud conocido como la Palabra de Sabiduría, el cual ha bendecido las vidas de todos los que han obedecido con fe. Por tanto, honramos a Jesús como a nuestro Creador, dirigido de manera divina por Su Padre.

Jehová

Jesús era Jehová. Este título sagrado sólo se registra cuatro veces en la Biblia de la Reina Valera (vea Éxodo 6:3; Salmos 83:18; Isaías 12:2; Isaías 26:4). Se confirma también el empleo de este nombre sagrado en las Escrituras modernas (vea Moroni 10:34; D y C 109:68; D y C 110:3; D y C 128:9). JEHOVÁ es una palabra derivada del término hebreo hayah, el cual significa “ser” o “existir”. Una forma de la palabra hayah en el texto hebreo del Antiguo Testamento fue traducida al inglés como YO SOY. (Éxodo 3:14)

De manera notable, YO SOY fue empleado por Jehová como un nombre para sí mismo (vea D y C 29:1; D y C 38:1; D y C 39:1). Leamos el siguiente interesante diálogo del Antiguo Testamento, donde Moisés acaba de recibir una asignación divina que no había buscado: el llamado a sacar a los hijos de Israel del cautiverio. La escena se desarrolla en lo alto del monte Sinaí:

“Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”

Por supuesto que Moisés se sentía inadecuado ante tal llamamiento, del mismo modo que nos podemos sentir ustedes y yo ante una asignación difícil.

“Dijo Moisés [nuevamente] a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre? ¿qué les responderé?”

“Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.”

“Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos.”(Éxodo 3:11, 13-15)

De ese modo, Jehová reveló a Moisés el nombre mismo que Él, con mansedumbre y modestia, había escogido como Su propia identificación preterrenal: “YO SOY”.
Luego, durante Su ministerio terrenal, Jesús repitió este nombre de vez en cuando. ¿Recuerdan Su breve respuesta a los que le estaban atormentando con preguntas? Fíjense en el doble significado de Su respuesta a Caifás, el sumo sacerdote:
“…El sumo sacerdote… le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”

“Y Jesús le dijo: YO SOY.” (Marcos 14:61-62)

Estaba declarando tanto Su linaje como Su nombre. Ocurrió otro ejemplo cuando se burlaron de Jesús por Su familiaridad con Abraham:

“Entonces le dijeron los judíos… ¿y has visto a Abraham?
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
(Juan 8:57-58)

Jehová, el gran YO SOY, el Dios del Antiguo Testamento, se identificó claramente a Sí mismo cuando se apareció en persona, en Su gloria como un ser resucitado, al profeta José Smith y a Oliver Cowdery en el Templo de Kirtland el 3 de abril de 1836. Cito del testimonio escrito de ambos:

“Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había un pavimento de oro puro del color del ámbar.”
“Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas, sí, la voz de Jehová, que decía:”

“Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto.” (D y C 110:2-4; énfasis añadido; vea también D y C 76:23)

Jesús cumplió con Su responsabilidad como Jehová, “el gran YO SOY,” produciendo consecuencias eternas.

Abogado ante el Padre

Jesús es nuestro Abogado ante el Padre (vea 1 Juan 2:1; D y C 29:5; D y C 32:3; D y C 45:3; D y C 110:4). La palabra abogado procede de voces latinas que significan “voz por” o “el que suplica por otro”. En las Escrituras aparecen otros términos relacionados, tales como mediador (vea 1 Timoteo 2:5, 2 Nefi 2:28: D y C 76:69). En el Libro de Mormón aprendemos que esta responsabilidad de mediar, o de interceder, fue establecida antes de Su nacimiento: …Jesús intercederá por todos los hijos de los hombres; y los que crean en él serán salvos. (2 Nefi 2:9)

Esta misión era claramente evidente en la compasiva oración intercesora de Jesús. Imaginémosle arrodillado en ferviente súplica, escuchemos el hermoso lenguaje de Su oración, percibamos Su sentimiento por Su gran responsabilidad como mediador:

“He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra.”

“Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti;”

“porque las palabras que me diste, les he dado, y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.”

“Yo ruego por ellos. (Juan 17:6-9)
También se le conoce como el Mediador del Nuevo Testamento, o del Nuevo Pacto (vea Hebreos 9:15; Hebreos 12:24). El comprender Su papel como Abogado, Intercesor y Mediador ante el Padre nos da la certeza de Su comprensión, justicia y misericordia sin igual (vea Alma 7:12).

Emmanuel

Jesús fue preordenado para ser el Emmanuel prometido. Recuerden la notable profecía de Isaías: …”el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).  El cumplimiento de esta profecía no era algo meramente improbable, sino que era humanamente imposible. ¡Increíble! Todos sabían que una virgen no podía concebir un hijo, y luego ponerle al niño un nombre tan extravagante era doblemente atrevido. ¡El nombre hebreo, Emanuel, el título profetizado por Isaías, significa literalmente “Dios con nosotros”! (vea Isaías 7:14, nota de pie de página e.) Posteriormente, dicho nombre sagrado fue dado a Jesús en el Nuevo Testamento, en el Libro de Mormón y en Doctrina y Convenios. (Vea Mateo 1:23; 2 Nefi 17:14; D y C 128:22).

Sólo podía ser Emanuel por la voluntad del Padre.

El Hijo de Dios

Jesús solo cargó con Su responsabilidad como Hijo de Dios, el Hijo Unigénito del Padre. Jesús era, literalmente, “el Hijo del Altísimo” (Lucas 1:32; vea también Lucas 1:35). Hay más de una docena de pasajes de las escrituras en los que la solemne palabra de Dios el Padre da testimonio de que Jesús es verdaderamente Su Hijo Amado. Con frecuencia, ese solemne testimonio va acompañado de la súplica de Dios de que los hombres escuchen y obedezcan la voz de Su reverenciado Hijo (vea Mateo 3:17; Mateo 17:5; Marcos 1:11; Marcos 9:7; Lucas 3:22; Lucas 9:35; 2 Pedro 1:17; 2 Nefi 31:11; 3 Nefi 11:7; 3 Nefi 21:20; D y C 93:15; Moisés 4:2; JS-H 1:17). A través de la condescendencia de Dios, esa profecía tan improbable de Isaías (vea Isaías 7:14) se hizo realidad.

Este origen único de Jesús fue también anunciado a Nefi, al ser instruido por un ángel:

“…He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne…

…¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:18, 21).

Jesús heredó de Su Padre Celestial el potencial de la inmortalidad y la vida eterna, y de Su madre recibió la mortalidad y el potencial de la muerte (vea Géneis 3:15; Marcos 6:3). Antes de la Crucifixión, mencionó las siguientes palabras aclaratorias:
“…yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para volverla a tomar. Esto… recibí de mi Padre.” (Juan 10:17-18)

Aunque distinto de Su Padre Celestial tanto en cuerpo como en espíritu, Jesús es uno con Su Padre en poder y propósito, siendo el objetivo final de ambos el “Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.”(Moisés 1:39)

Puede que algunos se pregunten por qué a veces se alude al Hijo como “el Padre”. El nombre, o designación, de cualquier persona puede variar. Todo hombre es un hijo, pero también se le puede llamar padre, hermano, tío o abuelo, dependiendo de su circunstancia, así que no debemos confundirnos con respecto a la identidad divina, al propósito ni a la doctrina. Debido a que Jesús fue nuestro Creador y es el progenitor de nuestro renacimiento espiritual, se le conoce en las Escrituras como “el Padre de todas las cosas” (Mosíah 7:27; vea también 15:3; Mosíah 16:15; Helamán 14:12; Éter 3:14). Pero, por favor, recuerden lo que ensenió la Primera Presidencia bajo el presidente Joseph F Smith: “Jesucristo no es el Padre de los espíritus que han tomado o que vayan a tomar un cuerpo en esta tierra, pues Él es uno de ellos. Él es el Hijo, tal y como los demás son hijos e hijas de Elohim” (en James R. Clark, comp., Mensajes de la Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, vol. 6. [1965–75], 5:34).

Entendemos bien esa distinción cuando oramos a nuestro Padre Celestial en el nombre de Su Hijo, Jesucristo, honramos a nuestro Padre Celestial, así como a nuestros padres terrenales, tal y como Jesús honró a los Suyos, como el Hijo de Dios.

El Ungido

…Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret. Jesús era el Ungido; por causa de esto se acordaron dos títulos específicos para Él. Uno de ellos era el MESÍAS que significa el Ungido en hebreo. El otro era el Cristo, que procede de la voz griega que también significa el Ungido. De ese modo, “Jesús… es el único ungido del Padre para ser su representante personal en todas las cosas relacionadas con la salvación del género humano” (Diccionario de la Biblia, “El Ungido”, 609). En las Escrituras se declara que Cristo es el único nombre bajo el cielo mediante el cual viene la salvación (vea 2 Nefi 25:20). Así que podemos emplear cualquiera de estos títulos para connotar adoración por Jesús: el Cristo o el Mesías. Ambos significan uno que es ungido por Dios para esa responsabilidad divina.

Salvador y Redentor

Jesús nació para ser el Salvador y el Redentor de toda la humanidad. Era el Cordero de Dios (vea 1 Nefi 10:10), quien se ofreció a sí mismo sin mancha ni defecto (vea 1 Pedro 1:19) como sacrificio por los pecados del mundo (vea Juan 1:29). Más adelante, como el Señor resucitado, relacionó esa sagrada responsabilidad con el significado del Evangelio, la cual Él describió en un pasaje poderoso:

“He aquí, os he dado mi evangelio, y éste es mi evangelio que os he dado: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.”

“Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz.” (3 Nefi 27:13-14; vea también 3 Nefi 27:15-21).

De ese modo, Jesús mismo definió el Evangelio. En inglés, este término procede de una palabra que significa “buenas nuevas”. El Diccionario Bíblico SUD en inglés dice lo siguiente: “Las buenas nuevas son que Jesucristo llevó a cabo una expiación perfecta de la humanidad, lo cual redimirá a todos los hombres de la tumba y recompensará a cada uno de acuerdo con sus obras. Se dio comienzo a esta expiación al recibir Él Su nombramiento en la vida preterrenal, mas fue realizada por Él durante Su vida mortal” (Diccionario Bíblico, “Evangelios”, 682).

La expiación de Jesucristo había sido predicha mucho antes de que naciese en Belén. Los profetas habían anunciado Su venida durante muchas generaciones. Tomemos una de esas profecías del registro de Helamán, escrita cerca de treinta años antes del nacimiento del Salvador: …recordad que no hay otra manera ni medio por los cuales el hombre pueda ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo, que ha de venir; sí, recordad que él viene para redimir al mundo (Helamán 5:9).

Su Expiación nos bendice a cada uno de manera muy personal. Lean cuidadosamente esta explicación de Jesús:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo; padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (D y C 19:16-19).

Jesús cumplió Su gloriosa promesa hecha en los concilios preterrenales, al expiar la caída de Adán y Eva de manera incondicional, así como nuestros pecados bajo la condición del arrepentimiento. Su responsabilidad como Salvador y Redentor estuvo permanentemente ligada con la que tenía como Creador.

Con el fin de añadir un poco más de perspectiva a esta relación, me gustaría compartir una cita importante la cual encontré en un libro antiguo en Londres, un día que me encontraba en la biblioteca del Museo Británico. Fue publicado como una traducción del siglo veinte, al inglés, de un antiguo texto egipcio, el cual fue escrito por Timoteo, arzobispo de Alejandría, quien murió en el año 385 d JC. Dicho registro hace alusión a la creación de Adán, y el Jesús premortal habla a Su Padre:
“Hizo a Adán a Nuestra imagen y semejanza, y lo dejó allí recostado durante cuarenta días y cuarenta noches sin poner aliento de vida en él. Y cada día suspiraba, diciendo: ‘Si pongo aliento de vida en este hombre, deberá sufrir mucho dolor’. Y yo dije a Mi Padre: ‘Pon aliento en él; yo seré su abogado’. Y Mi Padre me dijo: ‘Si pongo aliento en él, Mi Hijo amado, te verás obligado a descender al mundo y sufrir mucho dolor por él antes de que lo hayas redimido y le hagas volver a su primer estado’. Y yo dije a Mi Padre: ‘Pon aliento en él; yo seré su abogado y descenderé al mundo y obedeceré Tu mandato” (“Discurso en Abaton,” in E. A. Wallis Budge, ed. y trad., Coptic Martyrdoms etc. en el Dialecto del Alto Egipto [1977], entre paréntesis aparecen en el texto impreso; vea Moisés 3:7; Moisés 6:8–9, 51–52, 59).

La responsabilidad de Jesús como Abogado, Salvador y Redentor fue preordenada en el reino preterrenal y cumplida en Su Expiación (vea Job 19:25-26; Mateo 1:21; Abraham 3:24-27). Nuestra responsabilidad consiste en recordar, arrepentirnos y ser rectos.

Juez

Estrechamente relacionado con el estado del Señor como Salvador y Redentor está Su responsabilidad como Juez. Jesús reveló la relación que existe entre estas tres responsabilidades después de dar a conocer Su definición de Evangelio, la cual cité anteriormente:

“…así como he sido levantado por los hombres [en la cruz], así también los hombres sean levantados por el Padre, para comparecer ante mí, para ser juzgados por sus obras, ya fueren buenas o malas;

…por consiguiente, de acuerdo con el poder del Padre, atraerá a mí mismo a todos los hombres, para que sean juzgados según sus obras.” (3 Nefi 27:14-15)
El Libro de Mormón proporciona más luz sobre cómo se llevará a cabo ese juicio, al igual que lo hace la investidura del templo. Al acercarnos a la entrada de la corte eterna de la justicia, sabemos quién la va a presidir:

…el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque él no puede ser engañado, pues su nombre es el Señor Dios.

Y al que llamare, él abrirá.” (2 Nefi 9:41-42)

En las Escrituras se indica que el Señor recibirá ayuda de los Apóstoles cuando emita Su juicio sobre la casa de Israel (vea 1 Nefi 12:9; D y C 29:12). Nuestro encuentro personal en el juicio estará acompañado de un “vivo recuerdo” (Alma 11:43) y un “recuerdo perfecto” (Alma 5:18) de nuestros hechos, así como de los deseos de nuestro corazón (vea D y C 137:9).

Ejemplo

Otra responsabilidad del Señor, una que abarca todas las demás responsabilidades, es la de ser el Ejemplo. Él dijo a las personas de la Tierra Santa: “…ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15; vea también Juan 14:6; 1 Pedro 2:21). Hizo hincapié otra vez a la gente de la antigua América en Su misión de ser un Ejemplo: “…yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16; vea también 2 Nefi 31:9, 16). En el Sermón del Monte, Jesús amonestó a Sus seguidores con estas palabras: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).

A pesar de ser sin pecado y puro cuando estaba en la mortalidad, debemos recordar que Jesús veía Su propio estado de perfección física como algo perteneciente todavía al futuro (vea Lucas 13:32). Aun Él tuvo que preservar hasta el fin. ¿Se esperará menos de nosotros?

Cuando el Señor crucificado y resucitado se apareció al pueblo de la antigua América, volvió a reclamar la importancia de Su ejemplo, pero esta vez se incluyó a Sí mismo como ser perfecto: “…quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (3 Nefi 12:48).

¿Se sienten frustrados ante sus propias imperfecciones? Por ejemplo, ¿alguna vez han perdido las llaves? ¿Se han ido de una habitación a otra con el propósito de hacer algo, para descubrir que han olvidado lo que querían hacer? (Por cierto, este tipo de problemas no desaparecen con la edad) Por favor, no se desanimen por el deseo que expresa el Señor de que seamos perfectos. Deben tener fe para saber que Él no les requerirá un desarrollo más allá de la propia capacidad de ustedes. Claro que deben esforzarse por corregir los hábitos o los pensamientos inapropiados. La conquista de la debilidad proporciona gran gozo. En esta vida, ustedes pueden alcanzar cierto grado de perfección en algunas cosas. Pueden ser perfectos en guardar varios mandamientos, mas el Señor no les está pidiendo necesariamente que nunca cometan errores ni que sean perfectos en todas las cosas. Les está suplicando mucho más que eso. Sus esperanzas son que ustedes logren todo su potencial, ¡que sean como Él es! Eso incluye el perfeccionamiento del cuerpo físico de ustedes, cuando éste sea mudado a un estado inmortal en el que no se pueda deteriorar ni morir.

Mientras se esfuercen sinceramente por un mejoramiento continuo durante su vida aquí, recuerden que les aguardan la resurrección, la exaltación, la culminación y la perfección en la vida venidera. Esa preciosa promesa de perfección no habría sido posible sin la Expiación ni el ejemplo del Señor.

Mesías Milenario

Una de las máximas responsabilidades del Señor está aún por venir, la de Su magnífico estado como el Mesías Milenario. Cuando ese día llegue, la faz de la tierra habrá cambiado: “Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane” (Isaías 40:4). Entonces Jesús regresará a la tierra. Su Segunda Venida no se hará en secreto, sino que será ampliamente conocida: “Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá” (Isaías 40:5).

Entonces “el principado será sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”(Isaías 9:6). Gobernará desde dos capitales del mundo, una en la Antigua Jerusalén y la otra en la Nueva Jerusalén, “edificada sobre el continente americano” (A de F 1:10; vea también Éter 13:3-10; D y C 84:2-4). Desde estas capitales dirigirá los asuntos de Su Iglesia y reino, y entonces “reinará por los siglos de los siglos” (Rev. 11:15; vea también Éxodo 15:18; Salmos 146:11; Mosíah 3:5; D y C 76:108).

En ese día tendrá títulos nuevos y estará rodeado de santos especiales. Será conocido como “Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él serán aquellos que son llamados y elegidos y fieles” en sus responsabilidades aquí en la tierra (Rev. 17:14; vea también Rev. 19:16).

Él es Jesús, el Cristo, nuestro Maestro y más. Sólo hemos tratado diez de Sus muchas responsabilidades: Creador, Jehová, Abogado ante el Padre, Emanuel, Hijo de Dios, El Ungido, Salvador y Redentor, Juez, Ejemplo y Mesías Milenario.

Como discípulos Suyos, tanto ustedes como yo tenemos también grandes responsabilidades. Dondequiera que vaya, es mi llamamiento divino y mi sagrado privilegio el dar ferviente testimonio de Jesucristo. ¡Él vive! Le amo. Me esfuerzo por seguirle y estoy dispuesto a ofrecer mi vida a Su servicio. Como testigo especial Suyo, enseño de Él. Cada uno de ustedes tiene la responsabilidad de conocer al Señor, de amarle, de seguirle, de servirle, y de enseñar y testificar de Él.